“Jesús se volvió y les dijo: si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío… Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío… El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”. 

Admiramos a quienes nos entretienen la vida: héroes del fútbol, del cine, de la música… Pero sólo seguimos a quien nos da la vida: Jesucristo. 

El evangelio de hoy nos habla de exigencias en el seguimiento de Jesús. 

El discípulo del Señor ha de ir construyendo un modelo de sociedad distinta: fraterna, solidaria, alegre, desprendida… Ante este modelo, todo lo demás es relativo y secundario. Ninguna estructura, ninguna persona, pueden anteponerse a la construcción de este Reino. Ni siquiera algo tan sagrado como es la propia familia. 

Las condiciones del discipulado son muy exigentes. Lo que vale cuesta. 

Pero también lo que cuesta, al conseguirlo, te da una inmensa alegría. 

Es como aquel tesoro escondido en el campo que lo descubre un hombre y, lleno de alegría, vende todas sus posesiones para comprar aquel campo. 

Plantéate tu vida como discípulo o discípula de Jesús y vende lo que te estorba para seguirle. 

Y nunca pienses en pérdidas sino en ganancias. 

Con Jesús siempre se gana. Buenos días.

Antonio Sanjuán, cmf

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.