SAN ALBERTO MAGNO. 15 de Noviembre.

Hay unos helados (polos) de Nestlé estupendos que se llaman «Magnum». Los que llevan almendra picada por fuera son, realmente, magníficos. Que es lo que viene a significar magnum: grande, magnífico. A ciertos personajes, auténticos y reconocidos «influencers» se les suele llamar «el grande», «el magnífico», magnum, en latín.

San Alberto es uno de esos grandes. Grande por sí mismo (mereció el título de Doctor Universal por la profundidad de sus conocimientos y la amplitud de su ciencia en todos los campos) y grande por haber sido el maestro de uno de los más grandes, si no el mayor, de los pensadores y teólogos católicos de todos los tiempos: Santo Tomás de Aquino.

Su influencia tuvo sus raíces en la enseñanza desde sus cátedras de Estrasburgo, Friburgo, Colonia y París. La concurrencia de estudiantes a sus clases fue tan grande que en algunas ocasiones tuvo que enseñar en la plaza pública que hoy lleva su nombre, la Plaza Maubert. Sus treinta y ocho volúmenes, incluyen todas las materias del saber humano de su tiempo, sin contar los sermones y los tratados bíblicos y teológicos.

Pero el principal mérito científico de San Alberto reside en que, al caer en la cuenta de la autonomía de la filosofía y del uso que se podía hacer de la filosofía de Aristóteles para ordenar la teología, re-escribió las obras del filósofo para conseguir que los cristianos las aceptaran y utilizaran. Fue Alberto quien reunió y seleccionó los materiales y echó los fundamentos de la filosofía escolástica y Santo Tomás el que construyó después el edificio.

Se dice que, de joven, le costaban los estudios y por eso intentó huir del colegio donde estudiaba. Pero se encontró con la Virgen María que le dijo: «Alberto, ¿por qué en vez de huir del colegio, no me rezas a mí que soy ´Causa de la Sabiduría´? Si me tienes fe y confianza, yo te daré una memoria prodigiosa. Y para que sepas que fui yo quien te la concedí, cuando te vayas a morir, olvidarás todo lo que sabías». Lo que sucedió como la Virgen le dijo.

Nuestro tiempo es un tiempo «light», ligero. En el saber y en el actuar. ¡Qué bien nos vendría un poco de la solidez de pensamiento y de actuación de San Alberto Magno!

Y tú, ¿cómo andas de “sabiduría” y “pensamiento” en las cosas de Dios?

Carlos Díaz Muñiz, cmf

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