Hay una frase de los Pensamientos de Pascal que se ha hecho ya muy célebre: “El corazón tiene sus razones que la razón no conoce”. Es verdad: ¿quién puede negar que el corazón tiene espacios infranqueables a la razón? D. Goleman ha popularizado tal evidencia escarbando en los fondos de la inteligencia emocional.

El conocimiento, en efecto, no es solo racional. Lo demuestra esa “química” conocida por todos del amor, del arte y de la misma fe, que son auténticos modos de conocer y de saber. Estando de acuerdo con esto, hemos de admitir no obstante el peligro que encierran tanto el corazón cuando va por libre como el pensamiento descorazonado. En las cosas grandes, el espíritu no es nada sin el corazón.  Es verdad. Pero también es verdad lo que el libro de los Proverbios declara: “el que confía en su corazón es un necio” (28,26). Es que el corazón esconde en sus adentros cuartos oscuros en los que anidan víboras y estallan locuras a raudales: el amor al trabajo, si es desordenado, es perjudicial; pensar erróneamente que con haberse enamorado es suficiente para que el amor de una pareja funcione y perdure; el emotivismo superficial o trivializado terminan causando daños irreparables; y así un largo etcétera más.

Toda persona necesita dos pies que le conduzcan en el conocimiento y la acción: el corazón y la mente, el sentimiento y la inteligencia. Nuestra  aspiración debe tender hacia acciones inteligentes y afectivas a la vez. La decisión de amar no significa dejarse guiar por el corazón yendo hacia donde este quiera llevarnos, sino en guiarlo a él con la inteligencia y la voluntad hacia lo mejor. Y así como hay que purificar el entendimiento de las ideologías idolátricas, también hay que fomentar la ascesis de las pasiones, de las emociones, de los impulsos interiores. El mismo Pascal ayudó a mantener ese equilibrio cuando, en otra ocasión, amonesta a evitar: “dos excesos: excluir la razón y contar sólo con la razón”. Pongamos en nuestras obras, por tanto, cabeza y corazón. O, dicho de otra forma, que el corazón se nos suba a la cabeza.

Juan Carlos Martos Paredes, cmf

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