No son escasas las películas que se detienen en describir los efectos de los conflictos bélicos en quienes han combatido en ellos. Los mejores años de nuestra vida narraba en 1946 los efectos físicos, emocionales y laborales de unos soldados norteamericanos que, después de haber luchado en la segunda guerra mundial, regresaban a un país distinto del que habían dejado. ¡Alto el fuego! intenta otro tanto, situando la acción en Francia en los primeros años veinte. La secuencia inicial nos muestra el horror de la guerra (con cierta estética que recuerda alguna secuencia de Senderos de gloria), queriendo ofrecer una razón de las secuelas que aquejan a los protagonistas. Dos hermanos regresan de la guerra. Un tercero se quedó en las trincheras. Ambos vuelven con secuelas de distinto tipo. Uno escapa de los recuerdos y de sí mismo yendo a Alto Volta (el actual Burkina Fasso) donde vive durante cuatro años una existencia sin un rumbo definido. El otro ha vuelto sin poder hablar ni oír, secuelas de la explosión de un obús y del trauma vivido. Las secuelas emocionales o físicas (que a medida que disminuyen éstas revelan la fuerza de las primeras) sacuden las vidas de los dos hermanos e indirectamente de la madre de ambos y las mujeres con las que se relacionan.

Como muchas películas francesas, en ¡Alto el fuego! encontramos una puesta en escena muy cuidada, acompañada de unas interpretaciones correctas que nos ayudan a situarnos en la historia y contemplar los dramas de sus protagonistas, pudiendo alcanzar cierta empatía con sus desventuras.

Antonio Venceslá, cmf

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