16 septiembre de 2018. Mc 8 27-35

En tiempos de Jesús el pueblo judío estaba ansioso por la llegada de un mesías, un salvador. A lo largo de su historia Israel ha sufrido una opresión constante por parte de otros pueblos más fuertes. En estos momentos son los romanos los que los oprimen. Claman por un salvador, y muchos creen verlo en distintos personajes (Juan Bautista, Elías, uno de los profetas…). Por eso Jesús pregunta a los discípulos:” ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?”(Otra denominación para el mesías esperado). Tras escuchar sus respuestas, les pregunta directamente: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” De nuevo Pedro, tan impulsivo, e impulsado por el Espíritu de Dios, toma la palabra y responde: “Tu eres el Mesías”. Y Jesús les pide a los doce que no digan a nadie que él es el Mesías. Y al explicar lo que esto significaba de entrega y sufrimiento hasta el final, Pedro, desde su fe inmadura, no entiende lo que está diciendo el Maestro. Ni él ni los demás están en condiciones de entender lo que Jesús dice. Y menos aún cuando les diga que “han de negarse a sí mismos, tomar la cruz, y seguirle”.

Hay ocasiones en las que debemos estar dispuestos a dar razón de nuestra fe: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?”¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué significa en mi vida?¿Soy capaz de manifestar mi fe en ambientes contrarios? “Mi Señor me ayuda”, nos dice el profeta Isaías en la primera lectura. El apóstol Santiago, en la segunda lectura, nos dice que ésta fe hay que probarla con obras.

Jesús ya resucitó y se manifestó vivo a los que creían en él. Ellos se lanzaron a contarlo por todo el mundo, aún a riesgo de sus propias vidas. Por ellos esa fe ha llegado a nosotros.

Que en nuestra participación en la Eucaristía del domingo, al escuchar la Palabra de Dios, sintamos la presencia del Espíritu en nuestras vidas, y sea la fuerza que necesitamos para vivir y proclamar a Jesús como nuestro Mesías y Salvador.

José Ramón Gómez Pascual, cmf

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.