El realizador francés Xavier Legrand ha confesado algunas influencias presentes en el guion y la realización de Custodia compartida: Kramer contra Kramer, La noche del cazador y El resplandor. Dichas influencias nos ayudan a señalar las claves que constituyen el eje de la película. Por un lado, asistimos a un drama familiar, y por otro a una historia que bordea el cine de terror, no tanto por la presencia de efectos de sorpresa, cuanto por la tensión y el miedo que viven sus protagonistas.

En los primeros minutos asistimos al encuentro de Miriam y Antoine que, ante una juez, pleitean por la custodia de su hijo menor. Desde los primeros planos de la película, la presencia del actor que interpreta a Antoine y de la actriz que encarna a Miriam nos predisponen a un encuentro lleno de aristas, violencia soterrada, tensiones y miedo.

La juez encargada del caso, incapaz de determinar la veracidad de los testimonios de los padres, dictamina la custodia compartida del pequeño Julien, en contra de los deseos de éste que expresa claramente su voluntad de no vivir con su padre.

A partir de aquí, asistimos a unas escenas en las que el pequeño es víctima de la violencia psicológica a la que es sometido por su padre que, sirviéndose del niño, se va acercando al nuevo círculo de su ex-esposa, con actitud prepotente y falsamente conciliadora. Son escenas que desagradan, indisponen al espectador contra el padre, cuyo carácter choca incluso con sus padres, revelándose como un ser de difícil convivencia.

Custodia compartida es reflejo de muchas noticias que los medios de comunicación ponen en primera plana con trágica frecuencia: la violencia de género ejercida en el hogar que salpica a los hijos, víctimas inocentes de relaciones rotas y de la agresividad que, en muchas ocasiones, provoca el resentimiento que queda tras la ruptura de la convivencia.

Esta película tiene su origen en un cortometraje realizado por el mismo director hace unos años con los mismos actores. Es una estrategia similar a la realizada por la directora española Iciar Bollaín cuando realizó un corto titulado Amores que matan, que después dio lugar a Te doy mis ojos, otro acercamiento a la violencia doméstica, aunque en este caso sin hijos por medio.

El realizador francés intenta esquivar la tentación del maniqueísmo, evitando cargar las tintas en la maldad del padre, subrayando más bien las causas psicológicas de un comportamiento detestable. Sin embargo, es difícil sustraerse al rechazo que provoca un hombre tan dominante y manipulador como el que nos presenta. El miedo, incluso el pánico que provoca en madre e hijo, tienen muy difícil asidero justificativo. Desgraciadamente, se dan situaciones en que el mal ejercido sobre los hijos es un medio de venganza y rencor.

Antonio Venceslá, cmf

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