Se está volviendo una costumbre, si no lo es ya, el hacernos un chequeo médico anual. Suele suceder que, auscultándonos, encontremos algún síntoma preocupante. Si pasáramos también nuestro corazón por un análisis en profundidad, ¿qué encontraríamos? Es posible que ese diagnóstico arrojase un acusado individualismo aparejado a una profunda tristeza.

Oí a un joven decir: “He conocido a muchos católicos por circunstancias familiares y personales. Tengo varios amigos entre ellos. Pero muchos son para mí un enigma, porque no soy capaz de entender por qué son cristianos. En nada se les distingue del resto de los mortales: ni en sus ideas, ni en su estilo de vida, ni en sus costumbres, ni en sus proyectos,… Ser católico es ser uno más, hacerse invisible”.

Aclaro antes de nada que a mí no me preocupa en absoluto el desplome que la Iglesia viene sufriendo en el ránking de valoración «social». El que los cristianos no seamos parte de las «estrellas» del momento social ni gocemos de prestigio e influencias, no me parece ninguna pérdida. Más me preocupa la pérdida de autoaprecio: Que no acabemos de saber muy bien quiénes somos y para qué servimos y que tampoco los demás lo entiendan y valoren suficientemente.

Sin duda que en esto ha contribuido decisivamente el desgaste producido por muchas causas, de las que no estamos exentos de culpa los mismos cristianos. No es fácil, para quienes somos limitados e incoherentes, vivir a la intemperie en un mundo agresivo, consumista y secularizado. Llega a deslumbrar una profesión de prestigio más que el fuego apagado de la fe de muchos. No se está dispuesto a pagar el alto precio que exige hoy la condición cristiana. Pero lo insostenible es la mediocridad: despreciar la vida cristiana por cansancio, por desilusión, o por la asfixia que produce la imagen de iglesia, o su irrelevancia social, o… el deber de comprometerse.

Es la mediocridad la que ha hecho que abunde la figura del cristiano desganado y tristón. Si jugamos a las rebajas, amputamos elementos vitales de la fe; si buscamos más autonomía –siempre necesaria- podemos alejarnos de la comunidad; si queremos «mezclarnos» con los demás, corremos el riesgo de volvernos tan «iguales» a ellos, que dejamos de ser significativos y «útiles».

Recuerdo que, de niño, admiraba a ciertas personas de mi familia y de mi parroquia. Veía que sus vidas estaban muy llenas, y entendí que siendo como ellos sería feliz como ellos lo eran. Hoy entiendo que lo más difícil para quien desee embarcarse en esta aventura, no es encontrar dificultades e incomprensiones, sino no ver a cristianos felices y transparentes por lo que viven.

Juan Carlos Martos, cmf

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