Todo comienza por una sorpresa. Así suele ser a menudo en la relación con Dios. Dios te sorprende, Te deslumbra, Te descoloca.
Pero también a menudo, por mucho que Dios quiera sorprendente, el ser humano se cierra a la presencia Divina. Será falta de sabiduría. Será dureza de corazón. Será incapacidad para trascender los hechos. Será que nadie nos ha enseñado a descubrir que en esos sucesos sorprendentes se puede esconder la mano invisible de Dios. El caso es que no pocas veces dejamos pasar el tren de encontrarnos con Aquel que es fuerza, luz, salvación, esperanza… por no leer con ojos creyentes las sorpresas de la vida.

Un encuentro inesperado con alguien, unas palabras escuchadas de “rebote” que parece que van dirigidas exclusivamente a ti, el asombro ante la bondad extrema de alguien ante una situación difícil, un acontecimiento que te deja pensando, la admiración que surge al contemplar el impresionante firmamento… o el vientre de una mujer embarazada… Todo puede ser camino para que Dios se “enseñoree” en tu vida y, por lo tanto, salgas ganando en profundidad, en plenitud, en vitalidad, en mirada optimista…

Que sea así. Que no te parezcas a aquellos judíos que, en el Evangelio de hoy, se negaron a aceptar la “sorpresa” de que Jesús, el hijo de José” pudiera alimentarles con Pan que da la Vida.

Deja que Dios sea el Dios de las sorpresas. El Dios de TUS sorpresas.

Juan Ramón Gómez, cmf

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