El genocidio sufrido por los judíos durante la dominación nazi ha sido motivo de muchas historias. Es larga la lista de películas que se han acercado a ese acontecimiento. En la película que hoy comento, proveniente de Hungría (que ya nos regaló hace un par de años un acercamiento realista y tremendo a esa realidad con El hijo de Saúl) nos acercamos a los hechos desde una perspectiva diferente.

La historia sucede en pocas horas de un día de agosto de 1945 en un pequeño pueblo húngaro. En el tren de la mañana llegan dos judíos que portan dos baúles. Su llegada da pie a toda clase de especulaciones. El jefe de estación corre a informar de la noticia al secretario del pueblo (algo así como el alcalde, mandamás o cacique), que anda en preparativos de la boda de su hijo que tendrá lugar ese mismo día. La llegada de los judíos corre como la pólvora y unos y otros se hacen preguntas: ¿por qué han venido? Tal vez vengan enviados por quienes fueron apresados por los alemanes y trasladados a un campo de concentración, dejando atrás sus propiedades que fueron inmediatamente ocupadas por quienes ahora se remueven inquietos por su mala conciencia y el miedo a perder lo que habían conseguido por medios tan ilícitos.

La llegada de los visitantes cambia por completo la vida del pueblo. No tanto por lo que hacen o dicen, sino porque simplemente están, han llegado, despertando con su presencia el remordimiento en quienes volvieron la espalda o traicionaron a quienes habían sido sus paisanos, e incluso sus amigos, dejándoles a merced del triste destino que les esperaba.

Sobresale en 1945 el despertar de la conciencia con un simple pretexto; ello parece notar que la angustia de los actos realizados se revuelve contra sus autores, que adoptan actitudes diversas. En todo caso, al final de ese día, cuando los dos judíos toman de nuevo el tren para continuar su camino, todo ha cambiado en el pueblo y las vidas de sus habitantes se han visto transformadas.

La breve duración de la película (poco más de ochenta minutos) no le quita contundencia a su mensaje poco conciliador. El blanco y negro que salpica sus imágenes subraya la presencia de los dos judíos, esperados como ángeles de venganza, aunque la realidad es bien diferente. Y es que el camino que ambos hacen desde la estación del tren al pueblo parece el presagio de la justicia que se avecina. Aunque, como nos muestra la película, dicha justicia se revela por sí misma suficientemente potente sin que nadie la instigue. La lluvia torrencial que se adueña del pueblo y la estación de ferrocarril cuando el tren va a partir se transforma en metáfora de la limpieza que ha vivido el pueblo, que al fin ha lavado sus culpas.

Antonio Venceslá, cmf

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