El P. Manuel María Carrasco Díez, cmf ha celebrado 50 años de Ordenación Sacerdotal. Él mismo nos cuenta algo de cómo está siendo esta celebración y, además, comparte con nosotros la homilía que escribió para la Eucaristía que presidió en su comunidad de San Pablo (Córdoba). De estos días nos dice:

“Me ordené en Roma el 2 de julio de 1968, festividad entonces de la Visitación de la Virgen a Santa Isabel. Me ordenó el Cardenal Pericle Felici, que había sido el Secretario General del Concilio Vaticano II. Nos ordenamos 10 claretianos de España,Portugal, Mexico e Italia en la capilla del Colegio Internacional “Claretianum”. Conmigo fueron ordenados también los Béticos José Mª Clavo Calderón y Jesus Mª Bermejo Jiménez, ya fallecidos, pero que he tenido muy presentes.

El día 23 de Junio, sábado, tuve en Sevilla la celebración de los 50 años años de sacerdocio con mis sobrinos y los suyos. Fue una celebración muy agradable y familiar. Solo pensaba tener otra con mi comunidad de Córdoba, pero el mismo día 23 de junio en la misa de la noche la Hermandad del Rocio y de la Expiración organizaron una celebración en la misa sabatina que llenó la Iglesia de San Pablo. Fue un momento que me sorprendió, y en el que pude expresar mi agradecimiento a todos los presentes por su afecto, oraciones y por compartir la alegría de mi ordenación.

El día 28 celebramos los 50 años de mi ordenación en comunidad. Asistió también el P. Pablo Olmedo en representación de la comunidad de Miralbaida-Las Palmeras por no encontrarse en Córdoba los otros dos miembros de esa comunidad. En la concelebración manifesté la actitud de agradecimiento, en varios sentidos, con que estaba viviendo el acontecimiento de mis Bodas de Oro sacerdotales, y pedí al Señor y al Corazón de María que, las vueltas y revueltas que queden todavía a mi vida, las recorra acompañado de ellos para vivirlas con ilusión y esperanza, que es una virtud muy bonita, alegre y abierta al futuro… Después tuvimos una comida fraterna a la que asistió también el personal empleado en la casa.

El aniversario propiamente de la ordenación (2 de julio), lo he vivido en Fátima (Portugal), en este lugar en que se reveló el Corazón de María, de una manera intima, en el transcurso de los ejercicios espirituales”.

Junto a esas palabras, copiamos aquí la homilía a la que hacíamos ilusión y, como él mismo dice, rogamos para que siga siendo testigo y servidor del Reino.

HOMILÍA EN LOS 50 AÑOS DE MI ORDENACIÓN SACERDOTAL

Queridos hermanos:

Ante todo quiero manifestaros que, para mí, la celebración de los 50 años de la ordenación sacerdotal es un momento marcado especialmente por la gratitud. 

  • Comenzando por lo más cercano y tangible, quiero agradecer a Pablo Olmedo su presencia en esta concelebración representando a la comunidad de Miralbaida-Las Palmeras. Sobre todo quiero agradecer a vosotros, mi comunidad, que me hayáis ofrecido la oportunidad de celebrar fraternalmente este acontecimiento de una manera más significativa. Hoy que la vida se ha alargado 20 años, dejan de ser raros estos aniversarios, pero vuestra cercanía en mi 50 aniversario de consagración sacerdotal me hace experimentar el gozo de la fraternidad.
  • Alargando más la mirada -ya se puede contemplar un buen trecho de la vida, aunque siempre agrada verla con futuro-, le doy gracias al Señor y a la Virgen por la paciencia y la misericordia que han tenido conmigo.
  • Sobre todo doy gracias por la vocación recibida de Misionero Hijo del Inmaculado Corazón de María, vivida en una condición sacerdotal. Me enorgullezco de esto. Ciertamente no me llena de orgullo el modo cómo la he vivido, porque yo entiendo que la fidelidad no sólo es permanecer en la Congregación, sino crecer todos los días en la vivencia de esa vocación misionera, claretiana y sacerdotal. Ya he dicho que me acojo a la comprensión y a la misericordia de Dios y añado, además, a la de vosotros, mis Hermanos.
  • También doy gracias por las estupendas personas con que el Señor y la Virgen han rodeado mi vida en el ámbito familiar y en el de esta familia grande que es la Congregación, la madre Congregación, como aprendí a llamarla cuando entré en el Noviciado. Son muchos los nombres que debería evocar con agradecimiento. Reúso hacerlo en este momento, pero también me enorgullezco de tener los hermanos que he tenido y tengo. Soy un privilegiado. 

Después de manifestaros mi actitud de acción de gracias quiero compartir, además, otros sentimientos:

  • Cuando escribí la biografía del P. Augusto Andrés Ortega caí en la cuenta de que, comenzar a hablar de Bodas de Plata y de Oro indicaba claramente que la persona se encontraba en la madurez de la vida (“plata”) o en el último tercio de la misma (“oro”). Hoy me reconozco en el último tercio de mi existencia y, en esa coyuntura, no sé cuántas vueltas y revueltas tiene todavía reservadas el camino de la vida para mí… Sólo le pido al Señor que, las que haya de andar, las recorra acompañado por Él, como los de Emaús, para que sienta iluminado mi camino, mi corazón se enardezca con su presencia en la Palabra y en la Eucaristía y viva en la esperanza, que es una virtud bonita, llena de alegría y de ilusión por las cosas y el futuro: me gustaría mantener siempre la actitud abierta con la que trabajé durante 18 años en la formación de los claretianos; la entrega de otros 18 que consumí, con distintas funciones, en las tareas del Gobierno de nuestra Provincia Bética; la paz y el gozo, dones del Espíritu con que viví los 9 dedicados al estudio y a la enseñanza en el ITVR-ERA; la escondida y callada tarea de los 10 vividos en la Secretaría Provincial y el amor con que he intentado vivir los 2 que llevo en esta comunidad de Córdoba San Pablo.
  • Mirando el camino de la vida con sentido de futuro, también pido que las vueltas y revueltas que me queden por recorrer las lleve a cabo teniendo siempre cercano al Corazón de María. La experiencia espiritual de lo que Ella ha significado y significa para mí no quiero dejar de percibirla nunca. Llevo el nombre de María desde que me bautizaron, y el bautismo aseguran los teólogos que imprime carácter…

Para acabar, un ruego: pido al Señor y al Corazón de nuestra Madre salud y ánimos (Espíritu, Ruah) para que sepa seguir siendo testigo, como Misionero sacerdote, de su bondad, servidor del Reino trabajando en lo que pueda y, finalmente, cuando no pueda otra cosa, orando y sufriendo.

Por todo lo dicho os invito a cantar conmigo: Gracias os doy,Oh Madre,…

Manuel María Carrasco Díez, cmf

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