Nuevamente una película nos acerca a unos hechos sucedidos hace algún tiempo (en 1973 en este caso) para reflexionar a partir de ellos sobre los valores o contravalores que modulan la existencia. El nieto de un multimillonario es secuestrado por la mafia calabresa, que pide un cuantioso rescate por su liberación. Por desgracia, el abuelo del secuestrado es, además de muy rico, muy avaro y prepotente. Y se niega a pagar el rescate. A partir de aquí asistiremos a los esfuerzos de la madre del joven por convencer al abuelo egoísta que atienda sus ruegos y libere a su hijo (y nieto) de los captores que le mantienen encerrado en una casa rural de un lugar indeterminado y profundo de Italia.

Destaca en Todo el dinero del mundo la ausencia de tensión. Esto puede venir condicionado por tratarse de hechos conocidos, y tal vez también por la repulsa que provoca la figura del abuelo (esta actitud viene muy justificada por la gran interpretación que Christopher Plummer hace del mismo). En cualquier caso, apenas encontramos motivos que nos empujen a identificarnos con las situaciones o los personajes. Todo es muy frío y cerebral, poco interesante y apenas atractivo.

La película que comento es una historia marcada por el influjo o el deseo del dinero: el abuelo millonario, ansioso de engrosar sus cuentas corrientes o sus propiedades y bienes; la madre deseosa de conseguir la cantidad necesaria para liberar a su hijo (motivación sin duda más que justificada); la mafia necesitada de mantener a cualquier precio su presencia sembradora de temor (solo hay que observar cómo los habitantes del pueblo al que llega el muchacho después de su liberación cierran puertas y silencian bocas por el temor que les provoca el grupo mafioso).

En suma, Todo el dinero del mundo, interesa poco, apenas entretiene, y ofrece una mirada (una más) por la cara menos amable de la naturaleza humana. Y todo ello viene aderezado por el triste destino del muchacho secuestrado que, si sale más o menos bien librado de esta aventura, la vida le reservará otras situaciones penosas… Pero esa es otra historia que puede consultarse en las hemerotecas.

Antonio Venceslá, cmf

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