En este domingo san Marcos nos cuenta que Jesús estaba en su tierra, y como era su costumbre, fue a la sinagoga, y aprovechó para enseñar. No tuvo mucho éxito, pues, aunque admirasen sus palabras y sus curaciones milagrosas, sus parientes y paisanos no fueron capaces de reconocer a la persona que tenían delante. Desconfiaban de él. Si se hubiera presentado con unas características más de acuerdo con lo la idea que ellos se había hecho, posiblemente le habrían reconocido. En cambio solo se preguntan ¿quién es éste? Se está cumpliendo la profecía del anciano Simeón “éste está puesto para que muchos en Israel caigan o se levanten; será una bandera discutida”. Para los del pueblo cualquier cosa era válida, menos aceptar a un “simple carpintero”. Aceptarlo significaba aceptar también su mensaje, y esto llevaba consigo un compromiso de vida.

Tener fe es confiar plenamente en otra persona. Las creencias van por el camino de la inteligencia, la fe por el del corazón. A veces creemos que conocemos a los demás, pero desconocemos lo que hay en su interior, y por eso dudamos de ellos. El que no abre su corazón a los demás, no puede llegar a descubrir todo lo bueno que hay en ellos. Se pierde lo mejor de otros. No tiene ojos para ver que entre nosotros hay quienes hacen presente el amor de Dios. Son profetas en su tierra, aunque nos cueste reconocerlos.

Juan Ramón Gómez, cmf

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