Una sencilla conversación puede degenerar en conflicto si no se escucha al otro. Lo que uno de los interlocutores piensa e interpreta no siempre lo debe extrapolar a la otra persona, por muy buena voluntad que se tenga en ayudarle. Es imprescindible escuchar con atención al otro, haciendo un vacío por dentro. Este ejemplo lo muestra.

  • Tengo que comentarte algo, ¿tienes ahora tiempo?
  • Sí, claro…
  • Ayer tuve que ir al médico…
  • Pero bueno, ¿cómo no me lo dijiste para que te acompañara?
  • Bueno, el caso es que lo hice, y por casualidad me encontré en la clínica con Andrés. Y otra vez sacó el tema de sus dificultades económicas…
  • ¡Otra vez! No escarmientas… ¿por qué tienes que dejarle hablar de eso? ¿No ves que quiere aprovecharse de ti? ¡Qué ingenuo eres!
  • Pero, si no empecé yo con el tema…
  • Es igual. El caso es que no quieres aprender lo que te digo. Lo que tienes que hacer es olvidarle de una vez. Ya. Corta con él cuanto antes. Te va a sangrar.
  • No te lo contaba para que me saltaras así. Me dejas mal…
  • ¿Y qué es lo que esperabas?
  • Solo quería que me escucharas. Y desde luego no necesitaba escuchar nada de lo que me has dicho.

Esta conversación entre dos amigos, simplificada y maquillada, responde a un episodio tomado de la vida real, que puede ser escuchado por cualquiera. Uno de los protagonistas busca ayuda y el otro se la brinda con la mejor de las intenciones, pero con el peor de los resultados.

¿Qué ha fallado? La respuesta es sencilla: es una conversación plagada de juicios que termina con un consejo que no sienta nada bien. Los dos elementos más peligrosos (y más usuales) para la amistad. Jesús se adelantó a los tiempos. Sus palabras ofrecen unas claves muy sabias para conversar con los demás cuando dice: «No juzguéis, para no ser juzgados. Porque seréis juzgados con el juicio con que juzguéis, y seréis medidos con la medida con que midáis. ¿Cómo eres capaz de mirar la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: “Deja que te saque la brizna del ojo”, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano» (Mt 7,1-5). ¿A que estas palabras iluminan aquella conversación del principio? No ofrecen recetas sino criterios.

Juan Carlos Martos, cmf

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