El 4 de septiembre de 1859 Claret recibe la revelación del Señor de enseñar a sus Misioneros la mortificación, y a los pocos minutos la Virgen le dice que así hará fruto (cf. Aut 684). Si ésta es la recomendación de Dios para sus Misioneros, no podía él ser menos en esta práctica penitencial para dar ejemplo y ganar en disponibilidad misionera.

                La imagen para recrear este espíritu penitencial es la pena de Tántalo, que se halla en la Autobiografía (cf. 759) y que citó en alguna ocasión a sus más cercanos colaboradores por los manjares a los que renunciaba en los convites de Palacio. Tántalo es un personaje de la mitología griega, hijo de Zeus, que sufre un angustioso castigo por haber robado el néctar de los dioses. Sumergido hasta el cuello no podía beber porque se retiraban las aguas cuando le entraba sed, ni podía coger el fruto de los árboles porque un viento le apartaba las ramas cuando le entraba hambre. Así se sentía Claret, sufriendo hambre y sed como medio impuesto por él para domar un cuerpo que tiende a la comodidad y a la relajación.

                La mortificación es una virtud al servicio de otras virtudes que hoy en día se encuentra bastante denostada, quizá por excesos de tiempos pasados, pero que no ha perdido su valor. La mortificación es un mandato evangélico: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8,34). Negarse a sí mismo es una condición sine qua non para el seguimiento de Cristo. Afecta a todos, pero de una manera particular al misionero. No reconocer esta necesidad es una infructuosa soberbia, y nos lleva a la autosuficiencia de pensar que tenemos el control de todo. Quien se encuentra poseído por este tenebroso pensamiento más tarde o más temprano termina por darse un fuerte batacazo. Humillarse y sufrir la humillación a la que nos someten muchas circunstancias de la vida nos ayuda a caminar con solidez al servicio del Señor.

                En un mundo tan hedonista como el que nos ha tocado vivir hablar de mortificación es predicar en el vacío, pero es de sentido común que tenemos que hacer pequeñas y grandes renuncias para que nuestra vida misionera gane en disponibilidad y entrega.

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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