La palabra paciencia deriva del latín patiens, que significa “el que padece”. Expresa, pues, sufrimiento: el de la espera,… o el de la desesperación. Nos ha tocado vivir en un mundo frenético. Necesitamos saber con antelación, conseguir anticipadamente resultados, satisfacer cuanto antes nuestras necesidades, o mejor prevenirlas,… y sufrimos cuando el alivio o el deseo se retrasan. Esa demora es molesta; nos hace impacientes. La tecnología además ha creado la expectativa de la inmediatez que genera frustración cuando las respuestas no son automáticas.

No se nace paciente. Los bebés lloran cuando tienen hambre. No toleran el no poder comer cuando lo desean. Poco a poco irán aprendiendo que, aunque tarde un poco más, finalmente recibirán su alimento. Se impacientan ahora, pero con el tiempo aceptan, sin llorar, pasar un poco de hambre, porque saben que llegará. Los niños son impacientes por naturaleza; pocas cosas dependen de ellos; casi nada está bajo su control.

¿Somos nosotros también así? ¿Caemos en la cuenta de nuestras impaciencias? ¿Conocemos los factores que las fomentan? ¿Cómo sorteamos el escozor de no disponer de inmediato de lo que deseamos? Además, la paciencia no tiene buena prensa. Ser pacientes es visto como un signo de debilidad. Los poderosos no esperan, exigen… cuando pueden.

Hace años que dieron por televisión la serie Ludwig. Uno de los personajes explicaba que «no conseguía dormir; e incluso, cuando al fin se dormía, soñaba que no podía dormir». Es un símbolo perfectísimo de los impacientes. Más tarde, leí en un libro de Catalina de Hueck este párrafo que decía exactamente lo contrario:

«Una vez, mientras oraba, estaba tan fatigada que me caía dormida. Ni siquiera era capaz de leer la Biblia. Entonces le dije al Señor: “Ya que me has dado el don del sueño, dame también el de tenerlos bonitos”. Y tuve un sueño relajante, dulce; y al día siguiente ya sí pude orar, pues estaba tranquila y podía concentrarme».

Me pareció magnífico: otra impaciente neurótica se habría enfurecido consigo misma por el terrible delito de tener sueño. Habría pensado que ofendía a Dios por dormirse en la oración. Catalina entendió que si el sueño de la pereza es un mal, el sueño del cansancio es un don de Dios. No se enfureció por lo inoportuno de aquella soñarrera, sino que pidió a Dios unos sueños bonitos. «Con Dios, pensaba, no es necesario disimular. Él nos conoce bien, desde las uñas de los pies hasta los cabellos de la cabeza.» Mejor entonces ponerse pacientemente en sus manos, dormir y volver a la oración cuando haya descansado. ¿Por qué no hacer así en la vida? Como decía Kant: “La paciencia es la fortaleza del débil y la impaciencia, la debilidad del fuerte”.

Juan Carlos Martos, cmf

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