En 1994 la comunidad internacional se vio sacudida por los tristes acontecimientos ocurridos en Ruanda, cuando el gobierno de etnia hutu, inició una sistemática campaña de exterminio contra la población tutsi, provocada por la muerte de los presidentes de Ruanda y Burundi, ambos de etnia hutu. El cine ha abordado estos hechos denunciando el genocidio. En 2004, el realizador británico Terry George filmó Hotel Rwanda, en la que describió un acontecimiento de ese trágico suceso. Poco después, en 2005, otro inglés, Michael Caton-Jones realizó Disparando a perros, en la que incidía en sucesos semejantes. Ambas películas dirigen, no podía ser de otro modo, una mirada crítica contra la irracionalidad de la violencia y la pasividad de quienes pudiendo no hicieron nada, o muy poco, por quienes solicitaron su ayuda. Si en la primera, la historia es narrada desde la perspectiva del director del hotel del título, de etnia hutu, pero con profundos sentimientos de humanidad, en la segunda asistimos a los tristes hechos observados por dos europeos, un joven profesor inglés, idealista y lleno de buenas intenciones, y un sacerdote veterano, honesto y entregado, que está a cargo de un centro educativo donde se refugian varios cientos de tutsis que huyen de las matanzas, y son protegidos por un contingente belga de las fuerzas de pacificación de la ONU.

El desarrollo de la película describe hechos que están basados en lo sucedido realmente en el mismo lugar donde se han filmado. Se centra en el debate moral que se plantea al joven profesor que duda entre su compromiso con aquellas personas a las que ha ido a ayudar y el comprensible deseo de salvar la vida. Y también considera el compromiso fiel y constante del viejo sacerdote, figura inspirada en la del P. VjekoCuric, que entregó su vida a manos de quienes acabaron con la de tantos miles de ruandeses.

Y como telón de fondo, igual que sucedía en Hotel Rwanda, sobresale una mirada crítica y desoladora hacia los destacamentos de la ONU que, atrapados en compromisos políticos, se mantuvieron pasivos y abandonaron a su suerte a los refugiados en la escuela. En ese momento supremo en que deciden abandonarla llevando consigo a los europeos, se plantea el momento climático de ese debate que el joven profesor tiene planteado consigo mismo.

Los títulos de crédito finales nos muestran cómo algunos de los que protagonizaron los hechos y sobrevivieron han trabajado en el rodaje de la película. Disparando a perros se erige como un homenaje a los asesinados y a los supervivientes; y como una acerada crítica a las milicias asesinas y a quienes miraron hacia otro lado, desoyendo los gritos y cerrando los ojos a tanta sangre derramada.

Antonio Venceslá, cmf

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