“Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”. 

Lo único que nos salva es el amor de Dios. No nos salvan nuestros méritos no nos salvan nuestras fuerzas. 

Quien únicamente nos salva es la ternura de un Padre que nos quiere con locura y siempre está con los brazos abiertos para la acogida, el perdón y la misericordia. Ciertamente que nuestra colaboración también es necesaria y esencial.

El amor del Padre tiene que ser la medida del amor de los hijos. Muy claramente nos lo repite Jesús en el evangelio de hoy: “como yo os he amado”. 

Este amor se traduce en lo concreto, en el día a día, en lo más cotidiano de nuestra vida. 

La mayoría de nosotros no estaremos llamados a realizar grandes heroicidades. Pero se necesita más temple de héroe para amar en cada momento que para amar sólo en las grandes ocasiones. 

Aparte de que no sabremos amar en las grandes ocasiones si no sabemos amar en lo más insignificante de la vida. 

Ejercítate hoy en amar en lo concreto y en las pequeñas ocasiones que a lo largo de la jornada se te vayan presentando.

Buenos días.

Antonio Sanjuán, cmf

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