Anunciaba la semana pasada una reflexión sobre la fidelidad, pues si hay un animal que se caracterice por la fidelidad al hombre es el perro e ilumina cómo ha de ser nuestra fidelidad a Dios (cf. Aut 670-673).

                Hoy en día hay una fuerte crisis de fidelidad en todos los estados de vida. Se ha adueñado de nosotros el concepto del “hombre débil”, y pocos son los que se arriesgan a compromisos definitivos. Asusta cualquier estado de vida en el seno de la Iglesia porque en el fondo todo el mundo sabe que para la Iglesia con la palabra dada no se juega: el “no” es “no” y el “sí” es “sí” para toda la vida (cf. Mt 5,37). Y todo porque como decía Scarlett O’Hara, en la película “Lo que el viento se llevó”, “¡A Dios pongo por testigo!”. Pero aún hay algo más, Dios no solo es testigo sino también el receptor de una promesa.

                Hoy se lleva mucho el usar y tirar, hasta el punto de traspasar esta actitud al mundo de las relaciones personales y de la relación con Dios. Para el Creador, que vela por sus criaturas, nadie es objeto de uso y abandono. Toda persona merece un infinito respeto por haber sido creada a imagen y semejanza de su Creador (cf. Gn 1,26); por eso, toda relación requiere un trabajo artesanal para cultivar el amor, y de todos es bien sabido que toda obra de artesanía no está exenta de esmero y esfuerzo, de ahí su valor.

                Hay muchas fidelidades. Pero la fidelidad de la que habla Claret es a Dios (cf. Aut 673).

                Si no se cultiva la fidelidad a Dios es porque no ha habido un encuentro personal con Él. Desgraciadamente muchos pretenden ser fieles a Dios por una idea que se tiene de Él o por creencias que se deducen del encuentro con Él. ¡Ésta es una grave equivocación! Es querer quedarse con el envoltorio, y esto siempre defrauda. Imagínense que a quien nos pide un caramelo le damos nada más que el papelillo. Esto es lo que nos pasa en nuestra relación con Dios, y también con los demás, que nos quedamos en lo accesorio (normas, leyes, costumbres…) y no vamos a lo esencial. La fidelidad se mantiene por el amor a Alguien, y entonces se puede soñar razonablemente una relación de amor para toda la vida.

                Un peligro grave es confundir fidelidad con perseverancia. La fidelidad es mucho más. Hay matrimonios, religiosos y sacerdotes que perseveran y no son fieles. Una vida así siempre aturde porque pone el mérito de una relación en el esfuerzo y no en la gracia y el verdadero amor. Qué duda cabe que toda relación exige esfuerzo, pero este esfuerzo ha de ir conjugado con una dosis aún mucho mayor de gracia y amor.

                Cristo nos insta a “permanecer” en Él y nos da la garantía de que Él “permanecerá” en nosotros (cf. Jn 15,4). Es una invitación a tener una íntima comunión con Él. ¡Apostemos firmemente por Él que “la esperanza no defrauda” (Rm 5,5)!

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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