La Iglesia reconoce como revelaciones “privadas” aquellas que viven algunos creyentes que no pretenden mejorar o completar la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivir más plenamente en una cierta época de la historia el Evangelio, por lo que no pertenecen al depósito de la fe. La autoridad de la Iglesia siempre se ha mostrado cauta ante tales revelaciones, aunque sabiendo por una larga tradición mística de la Iglesia la posibilidad de estos fenómenos a lo largo de la vía unitiva de ciertos hombres y mujeres con Dios.

                El P. Claret alcanzó este elevado estado de unión con Dios. Sería prolijo detenernos ahora en ello por la grandeza de nuestro personaje, pero hay un capítulo de la Autobiografía que lo muestra de forma muy palmaria: “De las cosas notables que me han dado a conocer Dios y la Santísima Virgen María” (P. III, c. XVIII). Son locuciones que tienen una doble orientación: su santificación personal y orientaciones para el apostolado. En el nº 680 dice que “en el día 6 de enero del año 1859, el Señor me dio a conocer que soy como la tierra; en efecto, tierra soy. La tierra es pisada y calla: yo debo ser pisado y debo callar. La tierra sufre el cultivo: yo debo sufrir la mortificación. La tierra, finalmente, necesita agua para producir: yo necesito la gracia para hacer cosas buenas”. A nadie se le escapa que está hablando de la humildad.

                La imagen no podía ser más correcta, pues la palabra “humildad” viene del latín “humilitas” y ésta viene de la raíz “humus” que significa “tierra”. Y con dicha imagen nos da tres elementos esenciales para vivir esta virtud tan necesaria:

  1. Ser pisado y callar. Cuando nos crispamos ante la más mínima ofensa se debe a tres razones: interpretamos erróneamente la realidad-lo que nos hace exquisitamente susceptibles-, tenemos profundas heridas interiores, o tenemos demasiado inflado nuestro ego. Este lo tenemos que recoger a base de prolongados ratos de oración y vida de penitencia. Es hermosa la imagen de Nuestro Señor callando ante el inicuo juicio del Sanedrín (cf. Mc 14,53-65). ¡Cuánto no tenemos que aprender de Dios injustamente juzgado!
  2. Tenemos que ser labrados, cultivados, con la mortificación. Nos trabajamos interiormente cuando nos ejercitamos en pequeñas o grandes renuncias para estar más disponibles al servicio de los demás. Pero, hoy, ¿quién quiere oír hablar de abnegación?
  3. Necesitamos el agua de la gracia de Dios. “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), dice el Señor. No hay cosa buena que salga del corazón del hombre que no sea por gracia de Dios; sin embargo, estamos muy inclinados a levantar la mano para apuntarnos la autoría de toda acción digna de elogio.

La humildad, por tanto, es el reconocimiento y la aceptación de la gran verdad de nuestras propias limitaciones y esperarlo todo de Dios.

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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