No podemos empequeñecer el adjetivo “creyente” –hoy tan en desuso en algunos lugares– reduciéndolo a un momento puntual en la vida de una persona. No es un adjetivo estático ni mucho menos. Hubo un camino de Damasco para san Pablo y, después, lo ha habido también para muchísimos otros. Pero el encuentro singular y luminoso de una persona con Cristo debe ser solo un principio. De lo contrario, corre el riesgo de quedarse solamente en algo tan emocionante como inútil. Por eso, un creyente no es el que ha creído de una vez por todas, sino quien, en coherencia con el sentido del participio presente del verbo “creer”, renueva su “yo creo” continuamente.

Cuando Isabel saludó a María, la madre de Jesús, al visitarla en su casa, la interpeló con estas palabras: “¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. Pues bien, quien examine el texto original en griego podrá reconocer el uso de ese participio que indica un estado permanente: “¡Dichosa la creyente!”. El misterio de la visitación encierra así un profundo mensaje: Creer no es tanto un acto heroico y excepcional, realizado de una vez para siempre, sino más bien, una opción cotidiana, que percibe los colores y olores de lo ordinario y lo hace, de ordinario, con una paciente fidelidad.

Durante su visita a Isabel, María no sabía en aquel momento nada de lo que le iba a pasar a su hijo. Ella le acompañó durante los días grises de la etapa escondida de Nazaret. Se mantuvo cercana a él en su peregrinación pública en medio de las muchedumbres que le seguían, hasta acompañarlo a la cima del Calvario. María fue creyente con el corazón y con las obras, ya desde cuando subió a la casa de Isabel para estar a su lado mientras su pariente vivió la gestación fatigosa de su hijo Juan.

María se nos muestra en este episodio como maestra de fe. La fe implica fidelidad. Una fidelidad que necesariamente se va aprendiendo en los menudos acontecimientos ordinarios de cada día, porque “para el hombre interior y espiritual no hay mejor maestro que la vida cotidiana” (Karl Rahner).

Juan Carlos Martos, cmf

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