Fiel a su cita de todos los años, Woody Allen ha dirigido Wonder Wheel, película que se decanta por el lado dramático de la vida, lejos de las comedias que le hicieron famoso y que jalonan la mayor parte de su filmografía. Y es que hacer reír parece ser el sentido de su trabajo en el cine, como manifestó en Stardust Memories, una de sus primeras películas, y ha dejado patente en algunas de sus mejores obras: Manhattan, Hannah y sus hermanas, Balas sobre Broadway o Midnight in Paris.

Pero puntualmente, primero, y con más frecuencia en la última parte de su filmografía, aborda historias desde una perspectiva más dramática. Así sucede en Wonder Wheel donde nos acerca a las vidas de unos personajes marcados por la desilusión y los sueños irreales o imposibles. La acción sucede en su mayor parte en torno a una noria enorme (de la que la película ha tomado su título), y se centra en una mujer entrando en la cuarentena que descubre que su vida ha ido poco a poco deslizándose por una pendiente de desamor y sueños incumplidos que, como la noria del título, gira y gira sin llegar a ninguna parte. Junto a ella, una galería de personajes también desnortados y sin rumbo claro, sueñan lo que desearían que sucediera, pero difícilmente verán colmadas sus expectativas.

En las películas de Woody Allen, los diálogos son parte fundamental de su construcción dramática. También sucede en ésta, aunque a diferencia de otras, en las que las palabras parecen demasiado medidas y enfiladas a la construcción de frases redondas, en Wonder Wheel son reflejo de las vidas de los personajes que las pronuncian, son creíbles, y transmiten como en un espejo los sentimientos del alma de sus protagonistas.

Lo que sí muestra esta película, y no es una novedad en el cine del director neoyorquino, es un cuidado exquisito por la forma que rodea la historia. Movimientos de cámara, apenas perceptibles, que no estorban ni se imponen sobre los hechos narrados, largos planos en los que los personajes se mueven, dialogan, como encerrados en unas paredes invisibles que los asfixian; en este caso, encontramos también una fotografía, obra de Vittorio Storaro, unos de los grandes en esto de plasmar en imágenes las historias propuestas, que parece querer destacarse sobre la narración, enfatizando los rostros y los ambientes, creando una apariencia de irrealidad, a tono con los deseos y proyectos sin meta de los seres que transitan por sus fotogramas.

Aunque sus películas han conseguido éxitos razonables en Europa, hay muchos a quienes su sentido del humor no ha logrado estimular. De hecho, la cada vez más frecuente presencia de dramas tal vez sea un reflejo del sentir de un hombre que ya cruzó la barrera de los ochenta años y observa la vida desde una perspectiva tan desencantada como lo hacen sus personajes. No obstante, con aciertos y desaciertos, las películas de Woody Allen nos ofrecen una particular visión del mundo, que no merece ser desatendida.

Antonio Venceslá, cmf

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