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«Una voz que me dice…»

(S. A. Mª. Claret. Autobiografía 114)

PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN GRUPO

08 de Abril de 2018: DOMINGO II DE PASCUA

Disposición espiritual.

Haz silencio, exterior e interior. Invoca al Espíritu Santo con esta u otra oración: ¡Oh Señor Jesús!; te pido la alegría de comprender puramente tus palabras, inspiradas por tu Santo Espíritu. Amén.

Texto: Jn 20, 19-31

1. Lectura (lectio). Lo que el texto dice

Lee y relee tranquila y detenidamente este pasaje bíblico fijándote bien en todos los detalles. Descubre sus recursos literarios, las acciones, los verbos, los sujetos, el ambiente descrito, su mensaje. Tras un momento de silencio descubrimos juntos qué dice el texto.

El evangelio de hoy debe entenderse en el contexto del capítulo al que pertenece (Jn 20). Es muy significativo que todo cuanto en él se narra acontece en domingo («el primer día de la semana»). Ese era el día en el que los primeros cristianos recordaban la resurrección de Jesús y se reunían para celebrar la eucaristía. De hecho, no debemos leer estas escenas de apariciones como «crónica histórica», sino como una meditación pascual que la comunidad cristiana hace en torno a la mesa del Señor, lugar privilegiado de encuentro con el Resucitado para aquellos que creen en él aun sin haberlo visto.

En este relato se distinguen claramente dos escenas. La primera sucede el mismo día de la Pascua y narra la aparición de Jesús Resucitado a un grupo de discípulos (Jn 20,19-23). De este modo el Señor cumple su promesa de volver junto a ellos y enviarles su Espíritu. De hecho algunos han llamado a esta página el «Pentecostés del cuarto evangelio”

Si repasamos el evangelio de Juan descubrimos que el «miedo a los judíos» que sentían los discípulos refleja el que experimentaba la comunidad a la que se dirige el evangelista. Ésta se veía acosada por la hostilidad de los dirigentes judíos que les hacían el vacío e incluso habían llegado a expulsarlos de las sinagogas. Las palabras de Jesús son una invitación a superar la tentación de encerrarse y aceptar el reto de la misión.

La segunda escena (Jn 20,24-29) tiene lugar al domingo siguiente y narra la aparición a Tomás, que no ha participado de la misma experiencia que el resto del grupo. Tampoco hace caso del testimonio de sus compañeros y exige pruebas palpables de que el Señor está vivo. De modo significativo, el relato insiste en que «no estaba con ellos cuando se apareció Jesús». De este modo el evangelista indica la importancia de la comunidad como lugar privilegiado para vivir e interpretar la experiencia pascual. Para Tomás, esta se produce cuando se reintegra a la misma y desemboca en una auténtica confesión de fe: «Señor mío y Dios mío».

El significado de esta segunda escena del evangelio de Juan gira en torno a la relación entre «ver» y «creer». El evangelista parece jugar con el sentido de ambos verbos. Fijaos en las veces en que aparecen y comparad la reacción de Tomás ante el testimonio de los demás discípulos con las palabras finales que Jesús le dirige.

Los últimos versículos constituyen el final original del cuarto evangelio, en los que su autor nos explica por qué lo ha escrito (Jn 20,30-31). Según sus propias palabras lo intención que le ha movido a componerlo no ha sido la de elaborar una biografía detallada sobre Jesús, sino la de fortalecer la fe de sus lectores mostrando el sentido profundo de los «signos» por él realizados. Ojalá que también nosotros, al leer estas cosas, nos sintamos confirmados en lo que creemos y podamos experimentar en nuestras vidas la presencia viva y dinámica del Resucitado.

2. Meditación (meditatio). Lo que el texto me dice

Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones posibles. Es Dios mismo quien te atrae y te habla al corazón. Se trata de una “rumia” -ruminatio- que va haciendo que la Palabra vaya calando dentro, hasta quedar del todo hecha carne propia. Déjate seducir por la Palabra. Sigue sus hondos impulsos. Quédate con algún verso o frase.

El evangelista Juan escribía pensando en muchos cristianos que, como Tomás, se tambaleaban en sus convicciones y necesitaban ser fortalecidos. A nosotros no nos cuesta mucho identificarnos con él porque también atravesamos nuestras crisis de fe. Pero, a pesar de todo, nos sentimos felices de «creer sin haber visto» y queremos renovar constantemente nuestro encuentro con el Señor. Necesitamos, como hizo con sus primeros discípulos, que él nos libere de nuestros miedos y nos comunique su Espíritu para poder ser sus testigos.

– Jesús declara felices a los que creen sin haber visto. ¿De qué manera interpelan estas palabras tu vida de fe y tu relación personal con el Señor?

– En Tomás vemos reflejadas las dificultades que tenemos para creer. ¿Podrías compartir con los demás las dudas que sueles experimentar en tu proceso de fe y el modo en que intentas superarlas?

– Gracias al Espíritu del Resucitado el miedo de los discípulos se transformó en paz, el pesimismo en alegría. ¿En qué sentido puede estimularnos este relato para vivir más abiertos y esperanzados?

3. Oración (oratio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.

Habla ahora a Dios. La oración es la respuesta a las sugerencias e inspiraciones, al mensaje que Dios te ha dirigido en su Palabra. Haz silencio dentro de ti y acoge las palabras de Jesús en tu corazón. Ora con sinceridad con confianza. Orar es permitir que la Palabra, acogida en el corazón, se exprese con los sentimientos que ella misma suscita: acción de gracias, alabanza, adoración, súplica, arrepentimiento… Es el momento de la celebración personal y comunitaria. Sobre todo, deja hablar a Dios nuestro Padre. Practicando estas palabras, terminarás por transformarte en El

La incredulidad de Tomás deja paso a la adoración: «Señor mío y Dios mío». Son palabras que sólo pueden pronunciarse sinceramente cuando estamos convencidos de que Jesús Resucitado nos acompaña. Al final de nuestro encuentro de hoy nos ponemos también nosotros en su presencia para transformar en oración todo lo que hemos compartido en este encuentro.

Compartimos nuestra ORACIÓN.

Recitamos juntos el SALMO 117 correspondiente a la liturgia de hoy:

Dad gracias al Señor porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia. La diestra del Señor es poderosa, la diesta del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para cantar la hazañas del Señor. Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte. La piedra que desecharon los arquitectos es la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Este el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”.

4. Acción misionera (actio). Hágase en mi según tu palabra

Todo encuentro con el Señor de la vida, presente en su Palabra, culmina en la misión. Hay que cumplir la Palabra, para no ser condenado por ella. La Palabra, si se ha hecho con sinceridad los pasos anteriores, posee luz suficiente para iluminar nuestra vida, y fuerza para ser llevada a la práctica. El fruto esencial de la Palabra es la caridad. Deberíamos acabar pronunciando las palabras de la entrega misionera del profeta ante el Señor, que pide nuestra colaboración : “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8). María, tras escuchar la Palabra y darle su aceptación, se puso en camino (Lc 1,39).

– Las lecturas de hoy subrayan el poder transformador de la fe y los frutos que produce en los creyentes. ¿Qué cambios personales y comunitarios nos invitan a realizar para que nuestro testimonio sea creíble?

– Jesús se hace reconocible en sus llagas e invita a Tomás a tocarlas. ¿Qué te sugiere este gesto en medio de un mundo como el nuestro en el que las llagas de Jesús siguen todavía frescas?

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