El mes de mayo está a la vuelta de la esquina, y con él se multiplican las celebraciones de la Primera Comunión. Según algunos estudios, cada invitado gasta en ellas una media de 70 euros en regalos. En caso de boda, sea por la Iglesia o por lo civil, la cantidad se agiganta. Este hecho social nos da pie para hablar sobre los regalos. Levante la mano quien, al menos una vez, no se haya estirado el cuello de la camisa viéndose obligado a pensar en un regalo con ocasión de un acontecimiento especial, un cumpleaños o por legítimo deber de gratitud. Las famosas “listas de boda” se crearon precisamente para aliviar ese pesado y engorroso deber. Junto a ello, sorprende la extendida pretensión –que nadie confiesa de forma explícita– de buscar, a la hora de regalar, el menor costo con el mayor impacto exterior.

Hace mucho tiempo que existen empresas, páginas web y revistas especializadas en aconsejar qué regalar, ahorrando a los usuarios derroches de imaginación en la búsqueda del objeto adecuado, reduciendo costes y tratando de evitarles pesadas deliberaciones y fastidiosas pérdidas de tiempo. Los expertos en estas lides, en estos tiempos de consumo refinado, han puesto de moda regalar “experiencias”. Según distintas investigaciones científicas, las personas cada vez valoran más recibir como regalo una experiencia antes que un objeto. Y así hoy prolifera obsequiar con un paseo en globo, o una entrada para un partido de la champions league, o un safari,… cualquier cosa que constituya una emoción impactante y un posterior recuerdo.

En la trastienda de estos menesteres, ineludibles para muchos, ¿hay algo importante qué esté en juego al regalar? ¡Sí que lo hay! Existe un factor esencial que conecta con el núcleo del evangelio, regido todo él por la “lógica del don”: del “darse” más allá del “dar”. Existe un párrafo bíblico, fuera de los evangelios, que es considerado por los expertos como ipsissima verba Iesu (=“palabras del mismo Jesús”). Lo encontramos en Hch 20,35 y allá se dice algo que viene a cuento con lo que estamos comentando: “Hay más felicidad en dar que en recibir”. El apóstol Pablo había comentado ya esta afirmación cuando, para la colecta a favor de los pobres de Jerusalén, advirtió así a los Corintios: “Que cada uno dé según su conciencia, no de mala gana ni obligado, porque Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9,7). Lo decía de otra manera Khalil Gibran: “Hay quienes dan con alegría y esa alegría es su premio”. Quizá nos haga falta a muchos volver a descubrir la sabiduría perdida del saber regalar alegría y regalarla con alegría…

Que nadie nos engañe, amigos. Que no nos estafen acostumbrándonos a creer que los mejores regalos se compran con el estiércol del dinero, del exotismo y del lujo. Hay regalos baratos y casi nadie lo sabe. El mejor de todos: Regalar (con) alegría.

Juan Carlos Martos, cmf

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