Al instante, hablando aún Pedro, cantó el gallo. Vuelto el Señor, miró a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra del Señor, cuando le dijo: ‘Antes que el gallo cante hoy me negarás tres veces’. Y saliendo fuera, lloró amargamente” (Lc 22,60-62).

                Jamás el canto de un gallo ha sido tan determinante para la historia de la humanidad. El gallo que en aquella oscura noche cantó puso de manifiesto la debilidad humana. Pedro no ha superado la criba que Jesús le había anunciado (cf. Lc 22,34); él se creía autosuficiente y sobrado de fuerzas en el seguimiento de Jesús, y tiene que experimentar en sus carnes que más que “piedra” es pura “ceniza”.

                Claret se sirve de esta imagen del gallo por todas las connotaciones que tiene de vigilancia y aviso. La imagen la desarrolla con tal belleza que mejor que sea él el que nos la presente (Aut 664-665):

1.El gallo me llama, y yo, como Pedro, debo recordarme de mis pecados para llorarlos.

2.El gallo canta en las horas de día y de noche. Yo debo alabar a Dios en todas las horas del día y de la noche. Y además debo exhortar a los otros para que lo hagan.

3.El gallo de día y de noche vigila su familia. Yo debo vigilar día y noche las almas que el Señor me ha confiado.

4.El gallo, al más pequeño rumor o aprensión de peligro, da voz de alarma. Yo debo hacer lo mismo: avisar a las almas al más pequeño peligro de pecar.

5.El gallo defiende su familia cuando el gavilán u otro animal o ave de rapiña viene para ofenderla. Yo debo defender las almas que el Señor me ha confiado de los gavilanes de errores, vicios y pecados.

6.El gallo es muy generoso; apenas halla alguna cosa que pueda servir de alimento, cuando, privándose de ello, llama a las gallinas para que lo cojan. Yo debo abstenerme de regalos y conveniencias y ser generoso y caritativo con los pobres y necesitados.

7.El gallo antes de cantar mueve las alas. Yo antes de predicar debo mover y batir las alas del estudio y oración.

8.El gallo es muy fecundo. Yo debo serlo espiritualmente, de modo que pueda decir con el Apóstol: Yo soy el que os he engendrado por medio del Evangelio (1Co 4,15).

Por lo tanto, estemos en una continua actitud de vigilancia, pues la relajación es nuestra inclinación natural de la que se vale el espíritu del mal para ponernos a prueba (cf. Lc 22,31). Bendito sea Dios si salimos airosos de ella.

Juan Antonio Lamarca, cmf

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