La realizadora japonesa Naomi Kawase es exponente de un cine muy a contracorriente. Ya en La pastelería de Tokio dejó claras sus intenciones de acercarse a historias sencillas, protagonizadas por gente normal que vive su vida sin pretensiones de éxito ni grandeza. Por eso sus películas engarzan con el mundo de los sentimientos más hondos y perdurables. Algo así sucede también en Hacia la luz. Su protagonista femenina, Misako,escribe textos que audiodescriben películas. Con sus palabras intenta acercar los escenarios donde sucede la historia y los gestos de las personas para facilitar la comprensión y el disfrute de las personas ciegas. En su proceso de trabajo lee sus escritos a potenciales espectadores invidentes para que le den sugerencias y le ayuden a transmitir mejor lo que la película refleja y las emociones que provoca. Una de las personas que participa en esas sesiones es Masaya Nakamori, un prestigioso fotógrafo que está perdiendo la vista. La ficción muchas veces va detrás de la realidad. Cuando veía Hacia la luz recordé al director de fotografía español Luis Cuadrado, artífice de la luz de muy importantes películas de nuestro cine en los años setenta del siglo pasado que sufrió también la pérdida de la vista. Nakamori es muy crítico con las propuestas de Misako porque, según él, explican demasiado impidiendo así a los espectadores invidentes acceder por sí mismos a las emociones profundas que quiere transmitir la película. Misako acepta las sugerencias que le hace y corrige sus textos atendiendo las indicaciones recibidas.

Fuera de ese contexto profesional, vuelven a encontrarse. Ambos son personas que sufren. Nakamori siente la pérdida de la vista como el fin de su ilusión o su voluntad de vivir. No quiere deshacerse de una cámara que ha sido su fiel compañera de trabajo y constituye su bien más preciado, aunque ya no pueda usarla. Misako, por otro lado, vive con angustia el estado de salud de su madre que está perdiendo la memoria y olvidando sus recuerdos. Ambos están marcados por un sentimiento de pérdida y sus encuentros van ayudándoles a situarse en el mundo desde una perspectiva diferente.

Hacia la luz es también una reflexión sobre el cine como medio de acceso a un mundo paralelo a la realidad, un esfuerzo por captar las emociones envueltas en luz. De este modo el título de la película es una invitación a indagar en el alma de sus protagonistas para acceder a sus sentimientos.

Hay planos que, tomados desde la perspectiva de Nakamori, son espectros de luz sin contornos fijos, vacíos de sentimiento y de imaginación. El fotógrafo ha captado la realidad en el ejercicio de su profesión, pero la ha visto desprovista de emoción. Cuando pierde la vista y se acerca al mundo real desde su fragilidad llega a acceder a otro modo de conocimiento más perfecto y paradójicamente más completo.

Misako, por su parte, describe lo que ve, pero siente también la incapacidad de expresarlo con acierto. Ella ve, pero comprende que el acceso a lo real es más complejo que captar el contorno de las cosas. Es necesaria una forma de conocimiento más íntimo. También ella siente un cambio y evoluciona desde su percepción cotidiana de las cosas. Por eso, cuando quiere ver de verdad cierra los ojos, porque sin necesidad de ver experimenta lo profundo y llega a lo esencial más allá de lo que sus ojos le permiten ver.

Naomi Kawase nos regala imágenes deslumbrantes que abren la puerta a nuevas formas más intensas de conocimiento. No es una película fácil. Su ritmo lento y atento a la expresión de sentimientos y emociones puede impedir a algunos acceder a la propuesta que ofrece la directora japonesa.

ntonio Venceslá, cmf

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