¿Hay algún sueño más hermoso que dar a conocer a Jesucristo, el único nombre que salva? Muchos son los hombres y mujeres que desde los orígenes del cristianismo hasta nuestros días han entendido que no hay mayor dicha que ésta. Dice San Pablo que “el hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio” (1Co 9,16-18). El fondo de las palabras del apóstol de los gentiles es que no predica por gusto, aunque sí con gusto. Basta solo recordar la cantidad de persecuciones y penurias que tuvo que sufrir para anunciar el Evangelio (cf. 2Co 11,23-27) para saber que no era algo que le causase precisamente placer, aunque no había nada en el mundo que le urgiese más que esto porque le impele el amor (cf. 2Co 5,14). El celo apostólico no tiene nada más una palabra que lo fundamente: el amor. Es “partirse la cara” por Aquel que se la partió primero por nosotros.

                Sibilinamente el mal espíritu y los convencionalismos sociales de nuestro tiempo hacen que el creyente caiga en la terrible tentación de adormecerse con una vida acomodada. Claret sabía de esto por las facilidades que ofrece la gran ciudad y la tersura de las mullidas moquetas del Palacio Real; por eso lucha para que nada de este brillo efímero le nuble la vista y sueña… sueña con anunciar el Evangelio. ¡Este es su “sueño dorado”! (cf. Aut 638). Inspirado en el Principio y Fundamento [EE 23] de San Ignacio de Loyola nos ha dejado una hermosa “oración apostólica” que apunta a este “sueño dorado”, pero que también es el sentido de toda vida cristiana: “¡Dios mío y Padre mío! / Que te conozca y te haga conocer, / que te ame y te haga amar; / que te sirva y te haga servir; / que te alabe y te haga alabar de todas las criaturas. / Dame, Padre mío, que todos los pecadores se conviertan, / que todos los justos perseveren en gracia / y todos consigamos la eterna gloria. Amén”.

                Ojala todo fiel cristiano se sienta asociado desde su propio estado de vida a este espíritu apostólico que caracterizó a San Pablo y a San Antonio Mª Claret, pues no hay dicha más grande que grabar el Nombre de Jesucristo en el corazón de los hombres de nuestro mundo. ¡Ésta es nuestra paga!, pero además el Señor que es infinitamente generoso con sus misioneros nos asegura que nuestros nombres están grabados en el Cielo, razón por la que debemos estar alegres (cf. Lc 10,20). La hermosura de nuestro cuerpo y alma está en el desgaste al que lleguemos en tan loable empresa. “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz, que anuncia la buena noticia, que pregona la justicia, que dice a Sión: ‘Tú Dios reina’!” (Is 52,7).

Juan Antonio Lamarca, cmf

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