“El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano… El publicano, en cambio, sólo se golpeaba el pecho diciendo: ¡oh Dios!, ten compasión de este pecador”.

Todos llevamos dentro una dosis de fariseo y otra dosis de publicano.

Lo que dentro llevo de fariseo me lleva a creerme superior a los demás, me lleva al orgullo, al desprecio de los otros, a pensar que me puedo salvar por mis propias fuerzas y con el mérito de mis propias obras.

Nuestro sentimiento de publicano me lleva a la humildad, a reconocerme pecador y a no confiar en mis propias fuerzas.

La actitud farisea siempre estará mal y la actitud publicana no siempre estará bien.

Está bien reconocer lo que somos, pero reconociendo al mismo tiempo que somos hijos de Dios y que para Él somos muy apreciados y muy queridos. Nuestra misma debilidad ha de lanzarnos a la alegría y al optimismo. 

Soy hijo de Dios y mi Padre me quiere y también ama mi debilidad con infinita misericordia. Y también con infinita misericordia perdona mi pecado.

Buenos días.

Antonio Sanjuán, cmf

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