Hay películas que encierran sorpresas. Y suelen permanecer escondidas, casi invisibles. Una de ellas se titula En cuerpo y alma. Consiguió el premio principal en el festival de Berlín de 2017, y esa circunstancia ha favorecido que haya llegado a estrenarse en nuestro país, aunque no es de esas que atraen a miles de espectadores y recaudan sustanciosas ganancias. Además, procede de un país, Hungría, cuyo cine es bastante desconocido. Pero bien merece la pena el tiempo que dedicas a verla y a dar vueltas sobre lo que te cuenta.

Dos personajes y un escenario peculiar: él es el director financiero y ella la inspectora de calidad de un matadero de reses. Ambos viven con la carga de una minusvalía, física en el caso de él, y emocional en ella. Sobrellevan la rutina de una existencia anodina, que no parece ofrecerles demasiadas posibilidades para la sorpresa. Pero ambos tienen sueños cuando duermen. La investigación llevada a cabo por la policía para resolver un robo en el matadero les conduce a acercarse y mirarse y comprenderse. Y, poco a poco, de un modo bastante titubeante se va produciendo una sintonía que parecía a priori difícil. Y, bordeando la tragedia, estalla la empatía y el amor que hacen posible cierta forma de redención y les permite vislumbrar un hermoso rayo de esperanza y calidez, en medio de un ambiente familiar y laboral frío y cortante.

En cuerpo y alma nos invita a poner en suspenso prejuicios y susceptibilidades, a valorar los secretos que guardan quienes no parecen tener lugar para la expresión de sus sentimientos. Son seres en apariencia herméticos, pero encierran tesoros por descubrir si facilitamos la oportunidad de mostrarlos.

Destacamos las interpretaciones de sus protagonistas, en particular la de Alexandra Borbély, que sabe dotar a su personaje de la suficiente dosis de fragilidad que facilita aceptar sus peculiaridades y condolerse con su situación. No hay, por otro lado, recursos fáciles que ayuden a captar la atención del espectador, excepto un guion minucioso (que no evita cierta inverosimilitud en algún momento) y a ratos dotado de una poética invitación a la empatía que los protagonistas reclaman.

Como es habitual en esta sección, que ha cumplido ya un año, miramos el cine como espejo de la vida y reflejo de tantas vidas que transitan por el mundo anhelando, esperando, soñando…

Antonio Venceslá, cmf

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