Es posible que quien lea el titulo de este artículo, automáticamente lo deseche de un plumazo. Pensará que lo que aquí se diga, es poco interesante, muy previsible y, aunque estemos en cuaresma, es preferible ir a conversar de las agitaciones interiores con un psicólogo.

A pesar de todo, no me resisto a hablar sobre algo que leí. En una de sus novelas, la británica Anita Brookner, sugiere que la primera tarea de un matrimonio, o de cualquier grupo humano estable, es consolarse mutuamente. Esto es así porque los que se vinculan, por más que se quieran o se sientan unidos por un proyecto común, no pueden dejar de frustrarse el uno al otro. Los seres humanos no somos dioses y, por lo tanto, lo que podemos ofrecernos el uno al otro siempre será menos de lo que necesi­tamos y esperamos de él o ella. Uno de los personajes de una de sus novelas, tras el suicidio de su esposa, llega a esta conclusión en un sincero monólogo interior: “La tragedia fue que no podíamos consolarnos mutuamente. Nunca reconocimos nuestras carencias y éstas quedaron ignoradas. A mí ella siempre me pareció transparente; ¡tonto de mí!, nunca vi que había más para descubrir en ella. Y lo que ella quería, aho­ra me doy cuenta, era precisamente algún tipo de confesor, a quien pudiera revelar secretos sobre los cuales había guardado silencio durante demasiado tiempo…”

Nuestra escritora tiene razón: En la vida de todos los seres humanos, lo que en verdad necesitamos para que nuestras relaciones se estrechen y perduren es precisamente un confesor: Alguien frente a quien no tengamos necesidad de seguir mintiendo; alguien frente a quien no tenga­mos que intentar “estar a la altura” o “dar la talla”; alguien que con autoridad pueda conso­larnos cuando sentimos la frustración que nos produce el comprobar que lo que podemos ofrecer al otro es siempre insuficiente: demasiado poco y demasiado pobre.

Esas secre­tas frustraciones mantenidas en silencio durante demasiado tiem­po, terminan vengándose de nosotros en forma de culpabilización, victimismo o acusación. A no ser que las saquemos afuera y las confesemos sin intentar fingir lo que somos en realidad. Cuando reconocemos nuestra debilidad o pecado y lo ponemos bajo la mirada de un Dios que comprende, perdona y restaura, entramos ya en un ámbito restaurador. Porque lo más perjudicial no es nuestra debilidad o pecado, sino la racionalización, la negación, la mentira y el endurecimiento. Cuando esto se supera manifestándolas ante una Presencia misericordiosa, aquel absurdo se convertirá en el núcleo de una paz en la cual, finalmente, las cosas empiezan a tener sentido y, tanto el matrimonio como el celibato, se vuelven no solamente posibles sino también hermosos.

Juan Carlos Martos, cmf

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.