Aún en el capítulo de la displicencia que siente por su estancia en Madrid, Claret nos ofrece una sabrosa imagen, la del “agua salobre del mar”. El Santo dice así: “Estoy convencido, Señor, que así como al agua del mar le habéis dado el salobre y la amargura para que se conserve pura, así a mí me habéis concedido la sal del disgusto y la amargura del fastidio en la Corte para que me conserve limpio de este mundo. Gracias y muchas gracias os doy, Señor” (Aut. 624). Utiliza en esta ocasión un elemento antitético, pues el agua salobre del mar no es buena para beber y, sin embargo, purifica, es la mejor depuradora de nuestro mundo.

                En la vida de toda persona hay situaciones que resultan desagradables por el dolor que conlleva, pero que tenemos que aceptar como condimento inevitable. La capacidad de soportar el mal o dolor que nos presenta cada instante es a lo que llamamos “paciencia”. Esto es a lo que Jesús invita cuando dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mc 8,34). La cruz siempre resultará amarga, como la sal, pero abrazada por amor, cuando es inevitable, es increíblemente purificadora.

                Esta purificación la va realizando el Señor por el despojo y el vacío. De esta manera la persona va experimentando una distancia mayor con su Creador; y ésta es la condición necesaria  para que, paradójicamente, pueda ser llenada del mismo Dios y adquiera la forma de hijo.

                La persona purificada de sus antojos, gustos y apetencias queda como lo que realmente es: nada. Y esta nada es la posibilidad de Todo. Es en la nada como se descubre uno en su ser más esencial, una relación de amor. Esto es lo que queda cuando nuestro rostro se limpia de toda hojarasca. De lo contrario nos presentamos ante los demás como lo que no somos, y no hay cosa que desgaste más en la vida.

                A la persona que vive desde este ser nuclear y originario (cf. Gn 1,26) se le distingue en que pone atención en cada acción y persona con la que trata, en que nunca se relaciona poniéndose por encima de los demás, todo lo soporta haciendo ligero lo que es pesado y dulce lo que es amargo, se desembaraza de todo lo mundano viviendo libre y buscando la libertad del otro, se eleva por encima de lo visible superando las imperfecciones que ve en los demás, no actúa por interés sino por la belleza que cada acción encierra en sí, se fatiga sin cansarse jamás… en definitiva, busca hacer en todo el bien, de una manera silenciosa y sencilla, como lo hizo María.

                Esta es la verdadera alegría, que está al alcance de todos nosotros, porque para esto hemos sido creados, pero que requiere hacer, como Claret, una profunda purificación del alma abrazando en todo momento la voluntad de Dios por dura y dispar a nuestras inquietudes que parezca.

Juan Antonio Lamarca, cmf

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