La imagen de hoy es muy plástica y catequética. Veamos con motivo de qué la presenta Claret: “Veo que el Señor ha hecho en mí lo que contemplo pasa en los Planetas; en ellos observo dos fuerzas, la centrífuga y la centrípeta; la centrífuga le excita a escaparse lejos y la centrípeta le tira en el centro; equilibradas estas dos fuerzas es como se describe la órbita. Pues así me contemplo yo; siento en mí una fuerza, que la llamaré centrífuga, que (me) excita a salir de Madrid y de su Corte; pero siento que hay otra fuerza, que es la voluntad de Dios, que quiere que por ahora esté en la Corte, que con el tiempo ya saldré. Esta voluntad de Dios, pues, es para mí la fuerza centrípeta que me tiene aquí amarrado como un perro a un poste. Y mezcladas estas dos fuerzas, a saber, el deseo de salir y el amor que tengo en hacer la voluntad de Dios, que es que por ahora esté en la Corte, estas dos fuerzas, así mezcladas, me hacen describir el círculo que estoy haciendo” (Aut. 623).

Ésta es la sensación que muchas veces tenemos de lo que queremos hacer, la fuerza centrífuga, y lo que debemos hacer, la fuerza centrípeta. Hace falta una gran finura de conciencia para estar centrados en lo que Dios quiere de nosotros en un determinado momento. Con mucha facilidad nos engañamos, pues “la fuerza centrífuga” se suele revestir de bien.

De entrada la voluntad de Dios suele desagradar y presentamos resistencias. Solo aquellos que se han cultivado con perseverancia y paciencia en la escucha de la Palabra, la oración y la penitencia tienen un “sentido espiritual” que les permite discernir la voluntad de Dios. Las mociones del Espíritu de Dios son suaves y dulces, mientras que las mociones del mal espíritu, aunque se revistan de bien, chirrían.

Una vez que nos vencemos en estas resistencias que nos ha dejado nuestra naturaleza herida, y nos abandonamos en Dios, sentiremos el acierto por un doble efecto de su gracia: que Dios no abandona a los hijos que le son fieles, y la paz y el consuelo interior que deja en el alma.

                Esta es la sabiduría que nos hace funcionar en  armonía con Dios y con los hombres, como las órbitas planetarias, y que ha caracterizado la vida de los santos. Esta sabiduría es la petición que Salomón hizo al comienzo de su reinado (cf. 1Re 3,9) y que a Dios agradó.

                ¡Procuremos cuidar con exquisito esmero la fidelidad al Señor!

Juan Antonio Lamarca, cmf

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