La mesa de juego es la imagen que tiene Claret de España, un país dividido (cf. Aut 629). Esta división congénita de nuestro país evoca aquellos versos de Machado: “La España de charanga y pandereta, / cerrado y sacristía, / devota de Frascuelo y de María, / de espíritu burlón y de alma quieta, / ha de tener su mármol y su día, / su infalible mañana y su poeta”. Capaces de lo mejor y de lo peor, los españoles llevamos en nuestros genes nacionales el ADN de Caín y de Abel.

Por eso, en el capítulo XII de la parte III de la Autobiografía, Claret nos muestra cosas que ha de evitar cualquier ministro del Señor: no aceptar nunca beneficios de instancias y poderes civiles superiores (cf. Aut 625), no interceder en favores (cf. Aut 626-628) y no meterse en política (cf. Aut 629). Sabios consejos para mantener una neutralidad que nos permita llegar a todos y hablar con libertad, y que nos rechace quien nos tenga que rechazar; pero que, cuando nos venga el rechazo, sea por el anuncio puro y transparente del Evangelio, y no por posturas o demandas partidistas.

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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