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«Una voz que me dice…»

(S. A. Mª. Claret. Autobiografía 114)

PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN GRUPO

4 de Marzo de 2018: III DOMINGO DE CUARESMA

Disposición espiritual.

Haz silencio, exterior e interior. Invoca al Espíritu Santo con esta u otra oración: ¡Oh Señor Jesús!; te pido la alegría de comprender puramente tus palabras, inspiradas por tu Santo Espíritu. Amén.

Texto: Jn 2, 13-25

1. Lectura (lectio). Lo que el texto dice

Lee y relee tranquila y detenidamente este pasaje bíblico fijándote bien en todos los detalles. Descubre sus recursos literarios, las acciones, los verbos, los sujetos, el ambiente descrito, su mensaje. Tras un momento de silencio descubrimos juntos qué dice el texto.

Este domingo y los dos siguientes leeremos en la liturgia pasajes tomados del evangelio de san Juan que anuncian e interpretan el misterio pascual de Cristo. El que meditaremos hoy se sitúa en el templo de Jerusalén y cuenta una de las acciones de Jesús que más llamaron la atención a sus contemporáneos.

Para los judíos el templo era el lugar más sagrado. En él se daba culto a Dios y se le ofrecían sacrificios. Como sólo había un templo y la gente a veces venía de muy lejos, en lugar de traer las víctimas para sus sacrificios, las compraban allí. Primero tenían que cambiar sus monedas por la divisa oficial del templo (por eso había mesas de cambistas) y luego compraban las víctimas (por eso hay vendedores de palomas y de otros animales). Con este sistema en torno al culto del templo existía un gran negocio. Es en este contexto donde debemos situar la actuación de Jesús narrada en este episodio.

El relato tiene dos escenas que concluyen con una reflexión del evangelista. Al leer la primera (Jn 2,14-17) se observa lo que hace Jesús y cómo sus palabras explican lo que acaba de realizar. El templo ya no se ajusta a los planes que Dios tenía sobre él. Demasiados intereses económicos, sociales y políticos ocultaban su sentido religioso originario. Por eso Jesús, con un gesto que recuerda las acciones llamativas y provocadoras de los antiguos profetas, echa fuera del templo a los vendedores y cambistas. Los discípulos interpretan el gesto desde una cita del Antiguo Testamento (Sal 69,10) y ven a Jesús como un apasionado, un devorado por la causa de Dios, lo que le llevará a la muerte.

Este gesto suscita dos reacciones inmediatas, como lo muestra la siguiente escena de este pasaje (Jn 2,18-21). Por una parte, los fariseos cuestionan con qué autoridad Jesús ha obrado así. Llegando más lejos, y a la luz del misterio pascual, el cuarto evangelista habla de la sustitución del templo por la persona de Jesús resucitado (Jn 2,21-22). Es éste el significado más hondo del signo de Jesús. El Resucitado es el nuevo lugar de encuentro entre Dios y el ser humano. A partir de la muerte y resurrección de Jesús, a las que se alude de modo significativo en este pasaje, Israel no necesitará reconciliarse con Dios a través de la sacrificios prescritos por la ley; antes bien, el pueblo quedará reconciliado por la entrega que Jesús, el Cordero de Dios, hace de sí mismo. Ahora bien, esto sólo podrá comprenderse a la luz de la resurrección.

El signo y la explicación que se da de él puede sonar extraño a nuestra mentalidad. Volved a leer el pasaje desde las claves que hemos ofrecido.

Este relato tuvo una gran importancia para los primeros cristianos. Tras la destrucción de Jerusalén y del templo en el año 70, el judaismo reconoció la ley como el «lugar» de la presencia de Dios. Para los cristianos, sin embargo, Jesús resucitado era el nuevo templo, la nueva presencia de Dios que ponía su morada entre nosotros. Él sigue siendo el nuevo lugar de encuentro entre Dios y la humanidad. Esto es lo que se nos invita a revisar en este camino de Cuaresma

2. Meditación (meditatio). Lo que el texto me dice

Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones posibles. Es Dios mismo quien te atrae y te habla al corazón. Se trata de una “rumia” -ruminatio- que va haciendo que la Palabra vaya calando dentro, hasta quedar del todo hecha carne propia. Déjate seducir por la Palabra. Sigue sus hondos impulsos. Quédate con algún verso o frase.

Algunas personas consideran que la actitud de Jesús en el templo fue violenta. Otros, sin embargo, se preguntan si no reaccionaría hoy de manera similar ante muchas realidades de nuestra Iglesia, de nuestras parroquias, de nuestras familias cristianas, de cada uno de nosotros, sus seguidores.

– Jesús plantea un nuevo modo de celebrar la religiosidad basado en su persona. ¿Es Jesús y su mensaje el centro de nuestro culto? ¿Qué deberíamos purificar en nuestras celebraciones?

– Jesús expulsa del templo a los vendedores de animales y a los cambistas. ¿Qué queda de mercantilismo en nuestras relaciones con Dios?

– Una Iglesia de «piedras vivas», ¿qué esperanzas ofrece a la gente? ¿Cómo nos animaría a nosotros en la construcción del Reino?

3. Oración (oratio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.

Habla ahora a Dios. La oración es la respuesta a las sugerencias e inspiraciones, al mensaje que Dios te ha dirigido en su Palabra. Haz silencio dentro de ti y acoge las palabras de Jesús en tu corazón. Ora con sinceridad con confianza. Orar es permitir que la Palabra, acogida en el corazón, se exprese con los sentimientos que ella misma suscita: acción de gracias, alabanza, adoración, súplica, arrepentimiento… Es el momento de la celebración personal y comunitaria. Sobre todo, deja hablar a Dios nuestro Padre. Practicando estas palabras, terminarás por transformarte en El

El gesto simbólico de Jesús y sus palabras siguen siendo actuales. Es el momento de escucharle y expresar con confianza todo lo que nos ha sugerido la lectura y meditación de este pasaje.

ORACIÓN compartida. Expresamos en voz alta nuestra plegaria para que el grupo participe de la oración personal.

CANTAMOS: «Somos Iglesia del Señor»

A edificar la iglesia,

A edificar la iglesia,

A edificar la iglesia del señor

Hermano ven ayúdame

Hermana ven ayúdame,

A edificar la Iglesia del Señor.

Yo soy la Iglesia,

tú eres la Iglesia,

Somos la Iglesia del señor…

Hermano ven ayúdame

Hermana ven ayúdame,

A edificar la Iglesia del Señor.

A edificar la iglesia,

A edificar la iglesia,

A edificar la iglesia del señor

Hermano ven ayúdame

Hermana ven ayúdame,

A edificar la Iglesia del Señor.

4. Acción misionera (actio). Hágase en mi según tu palabra

Todo encuentro con el Señor de la vida, presente en su Palabra, culmina en la misión. Hay que cumplir la Palabra, para no ser condenado por ella. La Palabra, si se ha hecho con sinceridad los pasos anteriores, posee luz suficiente para iluminar nuestra vida, y fuerza para ser llevada a la práctica. El fruto esencial de la Palabra es la caridad. Deberíamos acabar pronunciando las palabras de la entrega misionera del profeta ante el Señor, que pide nuestra colaboración : “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8). María, tras escuchar la Palabra y darle su aceptación, se puso en camino (Lc 1,39).

  • El pasaje del evangelio de hoy presenta la imagen de un Jesús polémico, subversivo contra toda religiosidad que no esté centrada en la voluntad del Padre. ¿Qué actitud concretas te invita a tomar?

  • No cabe duda de que las iglesias de ladrillo son importantes para el culto, pero sólo tienen sentido cuando están sustentadas por una Iglesia de «piedras vivas». ¿Qué deberíamos cambiar en nuestras vidas para que nuestras comunidades eclesiales fueran coherentes y vivas? ¿Qué pasos concretos vamos a dar en este sentido?

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