¿Está justificado el uso de la violencia para defender una causa noble y justa? El realizador francés, de padre armenio, Robert Guédiguian, se plantea este interrogante en su última película, Una historia de locos. No es la primera vez que en sus películas aborda cuestiones que afectan a personas excluidas o que transitan por los márgenes, como si fueran letra pequeña en los libros de historia. Los suburbios de Marsella, poblados por personas de orígenes diversos, han sido frecuente decorado de sus narraciones.

Hace unas semanas comenté la película La promesa, centrada en el genocidio sufrido por los armenios a manos del imperio otomano a comienzos del siglo XX. En la película que comento hoy Robert Guédiguian compone una narración con el conflicto armenio de telón de fondo. Tras un prólogo en blanco y negro que narra el atentado perpetrado por un armenio contra el embajador turco en Berlín, responsable intelectual del genocidio, la historia nos lleva a finales del siglo XX a Marsella. Una familia armenia vive con el recuerdo de lo sucedido y la nostalgia de la tierra que tuvieron que abandonar. El hijo mayor decide unirse a un grupo terrorista (el ASALA, Ejército Secreto armenio para la liberación de Armenia) que defiende la causa de su pueblo planeando atentados contra intereses turcos. En su primera participación en una acción violenta provoca graves heridas a un joven estudiante de medicina, que queda imposibilitado. A partir de ese momento la película se bifurca, primero, en las experiencias del joven terrorista que va viendo cómo los objetivos del ASALA afectan también a víctimas inocentes y caen en excesos que le hacen perder la convicción que le llevó a integrarse en el grupo; en segundo lugar, en el dolor de la madre de éste que rechaza la violencia pero desea el bien de su hijo; y en tercer lugar en el estudiante herido que se va sintiendo progresivamente interesado por los acontecimientos y las razones que motivaron el atentado que casi acabó con su vida. Este último está basado en la experiencia de un periodista español, José Antonio Gurriarán, que fue víctima colateral de un atentado realizado por el ASALA en la Gran Vía madrileña. Su novela “La bomba” ha sido base e inspiración de Una historia de locos.

Los tres protagonistas (la madre, su hijo y el joven herido) van acercando sus posturas desde el conocimiento y la comprensión. No es un proceso fácil, porque es muy intenso el dolor y la rabia que acumulan, y el deseo de encontrar respuestas. Poco a poco unen sus convicciones de que “el fin no puede justificar los medios”, aunque, dice uno de los personajes, “los medios son necesarios para lograr un fin”. El propio joven estudiante inicia un acercamiento a la familia del autor de sus heridas que es muy revelador. Traba una relación cariñosa con la abuela de la familia que vive envuelta en rabia e ira por las vejaciones sufridas a manos de los turcos. Y su voluntad de comprenderla y empatizar con ella no le impide respetarla, pero al mismo tiempo dar pasos hacia el perdón y el olvido.

La duración de la película (más de dos horas) puede resultar excesiva, pero es de sumo interés y la recomiendo vivamente.

Antonio Venceslá, cmf

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