A una gran cantidad de personas les gustan el futbol: a niños y a mayores, a laicos y a sacerdotes, a los que creen y a los que no creen en Dios, a los que dicen que son practicantes y a lo que no lo son. También es mi caso. Ya desde pequeño practicaba mucho este deporte, tengo mi equipo favorito, etc. Pues bien, una noche mientras estaba viendo el futbol en el tiempo de descanso se me vino a la cabeza que podía compararlo con la vida cotidiana e, incluso, la misionera.

Así, sabemos que en el futbol no se juega sólo, sino en equipo. En un partido juegan 11 personas por equipo. Y se necesita otro equipo como rival para poder comenzar. Así también en nuestra vida cotidiana, y más todavía misionera. No podemos vivir sólo sin los demás y no podemos llevar la misión sólo sin los otros y menos aun sin Dios.

También sabemos que en el partido el tiempo normal es de 2 períodos de 45 minutos cada uno y, si hay empate, hay prolongación del tiempo unos minutos más. Eso significa que el tiempo es limitado.  Hay que esforzarse para poder marcar el gol lo antes posible. Pues, así también nuestra vida, es finita. Y además no sabemos exactamente cuándo “nos llegará el final del partido”. El tiempo es corto, hay que aprovecharlo bien para glorificar al Señor y “ganar” las almas. Para evangelizar a “los jugadores del otro equipo”, y por supuesto con nuestro “juego” lleno de perdón y fraternidad.

También, hay que tener en cuenta también que no somos nadie para juzgar la falta del otro. Podemos indicar y explicar, anunciar y protestar, pero está el árbitro que toma la última palabra. En el partido de la vida, Dios es nuestro “Árbitro”. Él es quien tiene la última Palabra, respetando nuestra libertad. A veces nos “pita” por nuestras faltas, para hacernos caer en la cuenta y arrepentirnos de lo que hemos hecho. Así, para nuestro bien y el bien de todos.

Por tanto, no siempre se gana. Hay veces a lo largo del partido donde uno tiene que chocar contra otro, caer muchas veces al suelo, cansarse… incluso perder el partido después de haber luchado con denuedo. Pues igual en la vida: tiene sus  “altos y bajos”, “luces y sombras”. La misión, como un partido jugando en este mundo, también tiene su reto, pero, con la confianza en la Palabra de Dios, demostramos nuestra fe “jugando” hasta el final, hasta que se acaba el tiempo.

Por último, a quienes nos justa el fútbol, sentimos que un partido sin goles… no es un partido muy gratificante. Vivir la vida sin darnos cuenta de ella, es como leer un libro sin prestar atención, sólo para perder el tiempo. Una misión sin “resultados”, a veces no deja muy “satisfecho”. Pero, es una oportunidad para volver a “entrenar” y preparar bien para el siguiente “partido”. Porque la “temporada” no es cuestión de un único juego. Hay toda una “liga” por delante. Y siempre con la esperanza y alegría, de que es Dios quien lleva todo el “partido”, quien nos ha elegido para “jugar” en “Su campo”… y nunca nos abandonará.

Tomas M. Joustefen, cmf

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