Acabo de leer en un periódico de tirada nacional una entrevista realizada a Sydney Pinoy-Peyronnet. Se trata de un joven empresario parisino afincado en Barcelona. Las resumo telegráficamente con sus afirmaciones y con mis reacciones: “Nuestro cerebro procesa unos 60.000 pensamientos al día. La mayor parte de ellos son absurdos o repetitivos. Más del 90 por ciento se repiten y alrededor del 80 por ciento son negativos”. -¡Pues qué catástrofe!- reacciono con sorpresa. Después, añade algo sensacional: “Igual que entrenamos un músculo, podemos entrenar nuestro cerebro para mejorar su funcionamiento”. -¡Menos mal!- suspiro con alivio. Y esto último me da que pensar.

Muchos autores aseguran que un altísimo porcentaje de sufrimientos –hijos de pensamientos y emociones negativas- los producimos nosotros mismos, porque funcionamos mal. Y es posible corregir ese mal funcionamiento. ¿De qué manera? Sobre esto hay infinidad de comentarios escritos que suelen coincidir en su tratamiento. Existe un triple movimiento, imprescindible para transformar un pensamiento negativo en positivo, que debe ser aprendido y ejercitado.

  • Lo primero, advertir mis propios pensamientos. No es imposible reconocer lo que espontáneamente llena mi cabeza, mi imaginación y rebota en mis emociones. Son como «voces mudas» que alborotan mis espacios interiores. Las puedo identificar y poner nombre para comprobar si son o no nocivas. Algunas de ellas, es verdad, son neutras. También las registro. Verifico cuáles de ellas se repiten tozudamente en mi interior.
  • Después, interpretar y valorar. En mí existe una capacidad activa que me hace capaz de clasificar y elegir. Puedo diferenciar esos pensamientos que se instalan en mi interior: unos me ayudan y otros me perjudican; unos son verdaderos y otros se apoyan en falsedades o verdades aparentes; unos me motivan, otros me desaniman; unos me alegran, otros me cargan de rabia; unos curan, otros enferman… En la mayoría de esos pensamientos lesivos suele haber una mentira oculta que los origina y alimenta. ¡Ese descubrimiento es clave! ¡Me permitirá tener razones para desenmascarar y desechar los dañinos¡
  • Finalmente, cambiarlos por otros. En su lugar introduzco en mi mente pensamientos limpios, verdaderos, estimulantes, provocadores, positivos. En todo proceso de maduración humana es condición de crecimiento esa alquimia. La lectura, la conversación, la oración, la fe… ayudan a ello. Pero también la reflexión personal sincera lo facilita. Víctor Frankl y sus historias en los campos de concentración; Húber Matos y su resistencia a las presiones castristas… y tantos otros, en cárceles, clínicas y hospitales e incluso en la vida cotidiana nos hablan del poder sanador de la mente humana.

Juan Carlos Martos, cmf

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