Desde que Antoine de Saint-Exupery publicó El principito en abril de 1943, la obra ha adquirido una relevancia que se ha traducido en un incontable número de traducciones y ejemplares vendidos. La historia tejida por el autor francés ha atraído la atención de millones de personas que se han visto cautivados por la llamada a la simplicidad y por la búsqueda de la autenticidad que plantea la obra. En algún momento el cine tendría que llamar a sus puertas para realizar una adaptación de la misma. En 1974 Stanley Donen dirigió una versión musical (en la que el realizador Bob Fosse interpretó a la serpiente); en 2010 se produjo en Francia una serie animada; y en 2015 el realizador Mark Osborne, autor de Kung Fu Panda, dirigió la versión que comentamos.

A una obra tan conocida no es fácil acercarse sin frustrar las expectativas del lector/espectador. Y, por otro lado, el tiempo transcurrido desde su publicación y las nuevas mentalidades de hoy parecían exigir un tratamiento novedoso, manteniendo el espíritu original.

Algo de esto es lo que persigue esta versión. A pesar de presentarse como una adaptación fílmica de El principito, la obra de Saint-Exupery es telón de fondo y clave interpretativa de una historia que, en primer plano, narra las vicisitudes de una niña sometida a la tiranía de las convenciones y del aprovechamiento del tiempo más allá de los límites de lo razonable, por una madre que ha hecho del orden la norma fundamental de su vida, cosa que pretende contagiar también a su hija.

La ausencia laboral de la madre facilita el acercamiento de la niña a un aviador anciano que vive en la casa vecina y a través del cual conocerá al Principito y los personajes que pueblan los planetas del peculiar universo de éste.

El desarrollo de esta, digamos, adaptación clásica de la obra, ocupa la primera parte de la película. Sin embargo, la segunda mitad intenta prolongar las andanzas del pequeño príncipe más allá del final propuesto por su autor en la obra original, de modo que podemos considerarla una secuela o hipótesis del destino futuro del protagonista, cuando deja de ser niño y asume otras responsabilidades (cosa que, al fin y al cabo, todos hemos hecho en algún momento). Ciertamente en esta segunda parte está presente el espíritu característico de la fábula y moldea el desarrollo de la historia de la joven heroína y el príncipe nuevamente recuperado. No hay que decir que las cosas vuelven a su cauce y la lección de moralidad de El principito queda como piedra angular de la película.

Antonio Venceslá, cmf

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