Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará” (Ef 5,14). Estas palabras de San Pablo a los Efesios enlazan la imagen del último día con la de hoy. Tenemos que “despertar” de una vida aletargada a una vida atenta a los signos de Dios que nos hablan de su grandeza y misericordia.

                El fin es nuestra conversión, aunque para ello tengamos que ser fuertemente “apaleados” por Dios. Esta dura afirmación solo se puede entender cuando comprendamos la relatividad y transitoriedad de este mundo ante el carácter definitivo, pleno y absoluto de la vida eterna en Dios. Así lo entendía Claret cuando dice: “¡Qué verdad es que hay algunos pecadores que son como los nogales, que no dan fruto sino a palos!” (Aut. 536).

                Ciertos reveses y contrariedades de la vida son una llamada de atención que Dios, en su infinita providencia y misericordia, nos regala para que abramos los ojos y nos volvamos a Él. El fin de nuestra vida es conocer a Dios, amarlo, servirle, perfeccionándonos, ayudando a los demás y haciendo el mundo mejor. Así todo se convierte en medio, por malo que pueda parecer, para alcanzar este fin ahora y más allá de la muerte.

                Que en la cuaresma, que vamos a comenzar, aprovechemos los medios que la Iglesia pone a nuestro alcance –oración, limosna y ayuno- para que todo lo torcido en nuestra vida se enderece y retornemos a Cristo sin ambigüedad. ¡No hay santidad edulcorada!

 

Juan Antonio Lamarca, cmf

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