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«Una voz que me dice…»

(S. A. Mª. Claret. Autobiografía 114)

PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN GRUPO

14 de Enero de 2018: II Domingo Tiempo Ordinario

Disposición espiritual.

Haz silencio, exterior e interior. Invoca al Espíritu Santo con esta u otra oración: ¡Oh Señor Jesús!; te pido la alegría de comprender puramente tus palabras, inspiradas por tu Santo Espíritu. Amén.

Texto: Jn 1, 35-42

1. Lectura (lectio). Lo que el texto dice

Lee y relee tranquila y detenidamente este pasaje bíblico fijándote bien en todos los detalles. Descubre sus recursos literarios, las acciones, los verbos, los sujetos, el ambiente descrito, su mensaje. Tras un momento de silencio descubrimos juntos qué dice el texto.

El pasaje que hemos leído forma parte del llamado “prólogo narrativo» del evangelio de Juan (Jn 1,19-2,11) y en el se describe de forma ejemplar el proceso de fe de los discípulos. Es un proceso que comienza con el testimonio del Bautista sobre sí mismo y sobre Jesús y termina con una frase que señala el final hacia el que tiende todo el relato: «Manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en el» (Jn 2,11). Este proceso transcurre a lo largo de siete jornadas (Jn 1,29.35.43; 2,1). Una de ellas corresponde al texto del evangelio de este domingo.

Lo primero que salta a la vista es que nos encontramos ante un relato de vocación en el que los verbos ver y oir se repiten con cierta frecuencia.

«Ver» y «oír» son dos verbos que aparecen en este pasaje estrechamente relacionados. El Bautista, que había oído cómo podría reconocer a Jesús (Jn 1,33), lo vio y lo señaló a otros. Para los discípulos también el oír precede al ver: oyeron hablar de Jesús y vieron dónde vivía. Oyendo la confesión de fe de Juan Bautista, Andrés y otro discípulo se vuelven seguidores de Jesús, lo ven, acogen su manifestación.

En dos verbos, ver y oír, se plasma de modo gráfico dos requisitos muy importantes para llegar a ser discípulos de Jesús: escuchar el testimonio de otros y crear espacios para encontrarse personalmente con él, para que se «deje ver». A Jesús sólo se le conoce siguiéndole y, al seguirle, se le da a conocer a los demás.

Al fijarnos en lo que hacen los discípulos y en lo que hace Jesús, nos habrá llamado la atención la actitud de Pedro que, en todo el relato, es pasiva. Está bien lejos los rasgos de su carácter que conocemos por otros escritos del Nuevo Testamento. Esta forma de presentar las cosas podría responder al interés de Juan por relativizar la importancia de Pedro. En todo caso lo que aquí se destaca es que este discípulo inicia su relación con el Maestro a través del testimonio de su hermano Andrés, que ha tenido una experiencia personal y honda de Jesús. Andrés ejerce de mediador y Jesús, sin perder la oportunidad, se muestra como el buen pastor que conoce a sus ovejas y las llama por su nombre.

Por las cartas de Pablo sabemos que Simón es conocido como Pedro en las comunidades cristianas de la primera generación, sobrenombre que alude a la firmeza de su carácter y a su autoridad en la Iglesia (Mt 16,18-19). En los inicios de su camino vocacional tuvo una experiencia clave: fue llamado por su nombre, lo que significa en lenguaje bíblico, tener la experiencia de saberse conocido en profundidad por Jesús. Y esto no le dejó indiferente.

Juan Bautista declara que Jesús es «el Cordero de Dios». Esta imagen, densa de contenido, recuerda el rito central de la pascua judía y expresa una certeza de fe de las primeras comunidades cristianas: Jesús realiza en sí mismo la nueva Pascua y en él Dios concede la plenitud del perdón. Los títulos a Jesús se suceden en este pasaje y los primeros discípulos lo llaman Maestro y Cristo. Son dos maneras de reconocer en él al Mesías de Israel.

Jesús, que estaba solo, se ve rodeado por unos cuantos israelistas que ansian ver cumplidas las esperanzas prometidas a los antepasados. El lector creyente sabe que serán conducidos a ver la gloria de Jesús (Jn 2,11). De momento nos han comunicado su encuentro y nos dejan ante el Cordero de Dios, el Maestro y el Mesías, para que conducidos por él veamos dónde vive y pasemos a ser sus discípulos.

2. Meditación (meditatio). Lo que el texto me dice

Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones posibles. Es Dios mismo quien te atrae y te habla al corazón. Se trata de una “rumia” -ruminatio- que va haciendo que la Palabra vaya calando dentro, hasta quedar del todo hecha carne propia. Déjate seducir por la Palabra. Sigue sus hondos impulsos. Quédate con algún verso o frase.

odemos encontrarnos reflejados en la experiencia de los dos discípulos. En nuestra vida de fe hemos encontrado testigos, como lo fueron Juan Bautista y Andrés, que nos han mostrado al Cordero de Dios. Pero nos hemos dado cuenta de que sólo cuando vamos tras Jesús y pasamos tiempo con él descubrimos su auténtico rostro, y así lo podemos manifestar en nuestra vida, entrando a formar parte de esa cadena casi infinita de testigos.

-Jesús nos hace hoy la misma pregunta que a los discípulos del Bautista: «¿Qué buscáis?». ¿Qué sentimientos y qué convicciones de fe suscita en ti esta pregunta?

-Como Andrés y Pedro, también nosotros hemos oído hablar de Jesús, lo hemos visto y seguido. Comparte con el grupo una de tus primeras experiencias de encuentro personal con Jesús: ¿Qué personas te hablaron de él?, ¿con qué rostro se te dio a conocer?, ¿por qué lo seguiste?…

-Cuando Jesús invita a los discípulos a seguirle (“Venid y lo veréis”), ellos “se fueron con él, vieron dónde vivía…”.¿“Cuántos momentos, cuántos días paso con Jesús? ¿Su presencia se diluye en mi vida? ¿Dedico momentos para “ver”?

-El evangelio de hoy puede ayudarnos a levantar la mirada y contemplar unas comunidades cristianas diferentes, en las que sea clave la experiencia honda y personal con Jesús, unas comunidades en las que se hable de esa experiencia con más naturalidad… ¿Qué otras esperanzas te hace albergar este pasaje?

3. Oración (oratio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.

Habla ahora a Dios. La oración es la respuesta a las sugerencias e inspiraciones, al mensaje que Dios te ha dirigido en su Palabra. Haz silencio dentro de ti y acoge las palabras de Jesús en tu corazón. Ora con sinceridad con confianza. Orar es permitir que la Palabra, acogida en el corazón, se exprese con los sentimientos que ella misma suscita: acción de gracias, alabanza, adoración, súplica, arrepentimiento… Es el momento de la celebración personal y comunitaria. Sobre todo, deja hablar a Dios nuestro Padre. Practicando estas palabras, terminarás por transformarte en El

Compartimos en el grupo nuestra ORACIÓN.

Celebramos nuestro seguimiento con un canto alusivo a la llamada y testimonio:

POR TI, MI DIOS, CANTANDO VOY / LA ALEGRÍA DE SER TU TESTIGO, SEÑOR.

1. Es fuego tu Palabra, que mi boca quemó, / mis labios ya son llamas, y cenizas mi voz. / Da miedo proclamarla, pero Tú me dices: / “¡No temas, contigo estoy!”

2. Tu palabra es una carga que mi espalda dobló, / es brasa tu mensaje, que mi lengua secó. / “Déjate quemar si quieres alumbrar, / ¡no temas, contigo estoy!”

3. Me mandas que cante con toda mi voz; / no sé cómo cantar tu mensaje de amor. / Los hombres me preguntan cuál es mi misión, / les digo: “¡Testigo soy!”

4. Acción misionera (actio). Hágase en mi según tu palabra

Todo encuentro con el Señor de la vida, presente en su Palabra, culmina en la misión. Hay que cumplir la Palabra, para no ser condenado por ella. La Palabra, si se ha hecho con sinceridad los pasos anteriores, posee luz suficiente para iluminar nuestra vida, y fuerza para ser llevada a la práctica. El fruto esencial de la Palabra es la caridad. Deberíamos acabar pronunciando las palabras de la entrega misionera del profeta ante el Señor, que pide nuestra colaboración : “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8). María, tras escuchar la Palabra y darle su aceptación, se puso en camino (Lc 1,39).

Andres encontró encontró a su hermano Simón y lo llevó hasta Jesús, ¿Cómo soy testigo para los demás de Jesús, el Mesías? Concretamente, ¿a quiénes hablo de mi experiencia de Jesús?

Los discípulos del Bautista le oyeron hablar de Jesús y esto motivó el seguimiento. ¿Cómo podríamos crear espacios en nuestras comunidades, en nuestros grupos, en nuestras familias donde se hable de Jesús

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