En el día en que me dispongo a escribir la siguiente “gota” ha muerto el P. Antonio Morcillo cmf, gran amigo mío. Hoy no puedo escribir otra cosa que no sea un afectuoso recuerdo hacia él.

                “Aroma que se expande es tu nombre” (Cant 1,3). Y es que fue el nombre de la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María lo que cautivó al P. Antonio. Buscando un Ananías que le orientase en la inquietud misionera que sentía dio con su insigne paisano el P. Eduardo Rodríguez, misionero popular de la Compañía de Jesús. En aquella providente conversación para nuestra Congregación el P. Rodríguez le propuso entrar en la Compañía; Antonio la veía como un destino demasiado elevado para él. A renglón seguido el célebre Jesuita le propuso los Franciscanos o Carmelitas, a lo que respondió con su habitual gracejo: “Padre, hábitos pardos, no”. Entonces se le encendió una luz a su acompañante y le dijo: “Y ¿qué te parece la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María”; Antonio sin pensarlo dos veces contestó: “No los conozco, pero a esos me voy”. Antonio quedó cautivado nada más que con el nombre, ¡y bien que acertó! porque ha sido un misionero feliz e identificado con el carisma de nuestra Congregación.

                A partir de ese momento dejó el ejército con grado de oficial, alférez, y se alistó a este nuevo ejército como soldado de Cristo (cf. Ef 6,10-20). ¡Bendito sea Dios que nos ha concedido la gracia de poder convivir con tan buen hermano! Un claretiano lo ha definido recientemente en las redes sociales como “un tarro de miel, dulce por dentro y por fuera”.

Suscribo esta definición porque Antonio ha sido para la vida fraterna en comunidad una bendición. Se sentía a gusto con sus hermanos. Le gustaba compartir la vida, hacía amenos los ambientes, y jamás respondía con acritud o displicenciaante cualquier desaire u ofensa.

¿Y qué decir de su dulzura hacia fuera? Jamás he visto, como en estos últimos días, a médicos, enfermeras y auxiliares tan complacientes por la simpatía de un enfermo. Le gustaba agradar, y tenía el don para conseguirlo. Si un rasgo de su rostro habría que destacar era su perenne sonrisa.

Y dulzura y cordialidad es la que también ha derrochado en el campo de batalla como misionero de Cristo. Eran admirables las virtudes misioneras que le adornaban: humildad, obediencia, mortificación-¡ejem, ejem… menos en el comer!-, piedad y una magnífica pedagogía por laque hacía cercana la predicación de la Palabra de Dios.

Al final su corazón palpitaba lentamente, cansado de tanto luchar, aunque lleno de nombres de tanto amar, como no puede ser menos para un buen Hijo del Inmaculado Corazón de María.

En fin, dejémoslo así… una simple “gota” de lo que podría ser un gran manantial.

D. E. P.

 

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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