La imagen que proponemos hoy, la de la “cosecha de almas”, no está tomada de la Autobiografía, aunque se deriva de ella. Él comenta en el nº 504 de la misma como después de su consagración episcopal y nombrado Arzobispo de Cuba embarcó en Barcelona junto con algunos colaboradores para la isla caribeña, pero al llegar al estrecho de Gibraltar tuvieron que dar media vuelta por el peligroso estado del mar y atracar la fragata La Nueva Teresa Cubana en el puerto de Málaga. En esta popular ciudad andaluza estuvo tres días predicando incansablemente. Ante el fruto copioso de estas predicaciones, escribía días más tarde en una carta dirigida al obispo de Vic: “Los malagueños han quedado muy contentos de mí, y yo también de ellos. ¡Qué cosecha de almas se me presentó!” (23 enero 1851).

                Entiende Claret que la predicación le permite presentar una ingente “cosecha de almas” como ofrenda para Dios. Dios tiene “hambre” de tenernos junto a Él. ¿Quién está dispuesto hoy a saciar este “hambre” de Dios? Para quien se sienta llamado ha de saber que esta “cosecha” no puede ser puntual o estacional como la de verduras y hortalizas, que tiene su tiempo natural desde la primavera hasta comienzos del otoño, sino que ha de ser en todo tiempo y ocasión. He conocido personas, muchos de ellos seglares, que aprovechan cualquier imagen, medalla u objeto religioso para hacer una pequeña observación catequética o de fe allí donde estén. El otro día me llamó poderosamente la atención que en un programa vulgar de la prensa rosa una famosa actriz española dijese ante el asombro del presentador y los tertulianos, entre otras cosas, que “no hay oración más bella como el Padrenuestro” o que “espera tener la oportunidad de confesarse antes de su muerte”. Este testimonio público de fe con libertad y valentía es la mejor predicación que podemos dar en un mundo en el que se quiere recluir la fe a un ámbito estrictamente privado.

                Tenemos la oportunidad de saciar el “hambre” de Dios con una cosecha abundante de almas para el Cielo, ¿hay algo que pueda satisfacernos más que esto? De lo contrario, Jesús se encarga de recordarnos que “quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles” (Mc 8,38).

Juan Antonio Lamarca, cmf.

(El próximo sábado, día 27, no podrá salir la siguiente “gota”. Disculpen los fieles lectores)

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