En este mes, en la sección “Sin Periferias” de esta página nos acercamos a otro de los colectivos que, a menudo, se sitúan en el “lado” de los “descartados” de este mundo: la discapacidad. Gracias a Dios cada vez en menor medida por la conciencia social, el esfuerzo de las organizaciones que trabajan para su integración, los avances médicos y científicos o tecnológicos, las conquistas políticas en su defensa, etc. Sin embargo no son pocas las personas que por estas circunstancias se sienten discriminadas o, incluso, olvidadas, sin acceso a los derechos básicos o a un trato en igualdad de condiciones que el resto de ciudadano. Más aún si se a ello se le une un situación socioeconómica o familiar difícil (y no digamos en otros países y latitudes de nuestro planeta).

Como venimos haciendo, abordaremos el tema con dos participaciones: una primera hoy en la que, con el objeto de poner rostros y corazón a la situación, traemos el testimonio de un gran discapacitado, Gregorio Ortega Franco, quien padece una tetraplejia producida por un accidente fortuito -se cayó al cauce del río en su pueblo mientras cuidaba el rebaño familiar- y que, a Dios gracias, reside en la actualidad en la Institución Benéfica Sagrado Corazón de Granada. Y dentro de unos días publicaremos las orientaciones que alguien, con experiencia en este campo, nos dará para que todos podamos colaborar en que estos hermanos nuestros no sean de la “periferia”.

Que entre todos consigamos que sea así.

Agustín Ndour

¡Hola amigos! Este es mi relato de vida: soy huérfano de madre desde los 7 años; así que vivía con mi padre y hermanos. A los 15 años comencé a cuidar el rebaño de ovejas y cabras que nos servía de sustento. No tenía reloj y tampoco lo necesitaba: me levantaba a las 7 y sacaba los animales al campo. A esa edad era capaz de estar con ellos hasta la 1 de la tarde en que los recogía y por la noche los alimentaba en el corral. Me gustaba mucho cuidar el rebaño.

Tras el accidente que cambiaría mi vida, hube de realizar una larga estancia de 1 año y 2 meses en el hospital donde fui operado y sometido a gimnasia y otras terapias para intentar recuperar la movilidad de todo lo que fuese posible. Después otro período de 2 años en casa dependiendo de mi padre y hermanos, y pareciendo que se recuperaba algo de movilidad y sensibilidad, volví nuevamente a Traumatología e hice otros dos años de intentos de mejora. Cuando fui dado de alta volví a la casa familiar y, dependiendo de mis hermanos y de mi padre transcurrieron otros 15 años. Mis hermanos iban construyendo cada uno su propio hogar, así que hubo un momento en que quedé, casi exclusivamente, con mi padre. Pero tantos años de esfuerzo con su trabajo en el campo y con mi atención le produjeron una hernia discal que le impedía cargar con mi cuerpo para el necesario aseo y para vestirme.

En esta situación, un día salgo a la calle “a lo loco”, voy a la consulta del médico de mi pueblo y le pido un volante para traumatología. Al especialista le digo que no puedo volver a casa, que me quedaré en urgencias lo que haga falta hasta que consiga resolver el problema. Se llamó a una amiga a quien ya conocía: la trabajadora social; una corta charla de 20 minutos y se pone a buscar residencias en las que pudiera quedarme. Pero me pasó como a José y María: que no había sitio donde quedarme. Por fin, una llamada a la Institución Benéfica del Sagrado Corazón de Jesús y las hermanas Begoña y Beatriz se presentan en el hospital a conocerme; me invitan a ir a la Casa acompañado de un familiar al día siguiente. Acudí acompañado de mi padre y directamente, sencillamente con lo puesto, me quedé a vivir en la casa. Reconozco que mi primer pensamiento fue que no duraría dos meses en una casa atendida por monjas. Pero fue caer “en las manos de Dios”. Era sentir el calor de un hogar en el que poder vivir y sentirme en familia. Llevo 14 años en esta Casa y sigo dando gracias a Dios por haber venido a ella.

Gregorio Ortega.

 

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