No es ajena a la narración cinematográfica, la descripción de las entrañas de la alta política. Existen ejemplos notables que exploran el mundo de los mandatarios, y frecuentemente con ánimo crítico ponen sobre el tapete las intrincadas telarañas que tejen las decisiones que toman presidentes y autoridades. Por citar algunas que se mueven en contextos distintos, nombraremos Todos los hombres del presidente (sobre la investigación del Watergate que acabó con la carrera política de Nixon), La vida de los otros (o el retrato de las malas artes de la policía política en la antigua República Democrática Alemana) o El hombre de las mil caras (por citar una muy buena película que se acerca a la cara oculta de la política española). Estas y otras que se podrían citar son ejemplos excelentes de los engaños que con frecuencia rodean este mundo.

Santiago Mitre, realizador de la interesante Paulina, nos presenta la figura de Hernán Blanco, presidente argentino, que durante una cumbre de líderes latinoamericanosen las nevadas cumbres de los Andes chilenos, ha de lidiar con un problema de política energética que puede ser ocasión para poner de manifiesto ante la opinión pública de su país su auténtica talla política, y con una seria situación familiar protagonizada por su hija que esconde detrás un entramado de corrupción e intereses ocultos que puede salpicarle con resultados imprevisibles.

No descubro nada si digo que Ricardo Darín, el protagonista, se adueña de la función dando a su personaje el tono de complejidad y aparente sencillez que su papel precisa. Su personaje va creciendo a medida que avanza la película: se nos revela progresivamente como alguien más retorcido de lo que parecía.

La cordillera esconde en sus planos una reflexión sobre el bien y el mal. El relativismo moral parece ser moneda de uso corriente cuando se trata de defender los propios intereses. Este parece ser el postulado de Santiago Mitre, que retrata al presidente Blanco como alguien más oscuro de lo que proclama su apellido. El desarrollo de la historia se hace más complejo, llegando a proponer situaciones extremas que, sin resolverlas por completo, dejan la duda en el espectador. El fin justifica los medios que se utilicen para lograrlo.

Y todo ello, está salpicado de un tono algo misterioso que esconde historias ocultas en el pasado del presidente Blanco. Su hija Marina, desde la aparente debilidad mental que padece y la difícil situación familiar, trae al presente situaciones que el dignatario no desea recordar. La dualidad de su actuación (manifiesta claramente en la entrevista con el representante del gobierno de Estados Unidos) queda expresada de manera excelente en la música de Alberto Iglesias.

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Antonio Venceslá, cmf

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