28 Enero 2018. Mc 1, 21b-28

Hay quienes se quejan de que en la misa dominical, en la homilía, el sacerdote se hace pesado, poco interesante, que repite esquemas ya escuchados. Aburre. En cambio, a la gente de su tiempo le extrañaba que Jesús «enseñaba con autoridad», y no como los maestros y escribas. Lo hacía con libertad respecto a las doctrinas de la época. Y su palabra iba acompañada de obras prodigiosas.
¿No será que nuestra predicación «no tiene autoridad» porque comunicamos nuestra propia palabra y no la de Dios? ¿Escuchamos a Dios lo que quiere que transmitamos?¿Acompañamos esta palabra con nuestra propia vida?¿Somos consecuentes con lo que predicamos?
Todos los cristianos debemos ser testigos y portavoces de Dios: sal de la tierra y luz del mundo. La palabra oportuna, la actitud de cercanía a los demás han de ser comunicadores de esperanza, liberadores del mal. Como Jesús: ¡con autoridad!

Juan Ramón Gómez, cmf

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