Creo que quien pregunta busca la verdad. Mientras que quien se mantiene en la duda en el fondo quiere que le digan que la verdad no existe.

Mientras nos hagamos preguntas podemos estar seguros de que vivimos, de que estamos en camino hacia la verdad. Vivir sin hacerse preguntas es condenarse a morir. Todo esto tiene una aplicación directa a la fe. Son muchos los que dicen no creer porque en el fondo no quieren arriesgarse a cuestionar su postura crítica o agnóstica, que a fin de cuentas es más cómoda. En el fondo, bajo las apariencias de ateísmo lo que hay es una dosis importante de pereza. La duda permanente protege la seguridad.

En cambio el creyente auténtico, o cuando menos quien aspira a encontrarse con la verdad, está constantemente en tensión. Se mueve sobre un terreno difícil y arisco. Se lanza hacia delante y no se contenta con lo inmediato, sino que como un niño va formulándose tozudamente, uno tras otro, sus propios “por qués” con la esperanza de poder descender desde la superficie de las apariencias, a las profundidades donde descansa la verdad.

Juan Carlos Martos, cmf

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