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«Una voz que me dice…»

(S. A. Mª. Claret. Autobiografía 114)

PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN GRUPO

24 de Diciembre de 2017: IV DOMINGO DE ADVIENTO

Disposición espiritual.

Haz silencio, exterior e interior. Invoca al Espíritu Santo con esta u otra oración: ¡Oh Señor Jesús!; te pido la alegría de comprender puramente tus palabras, inspiradas por tu Santo Espíritu. Amén.

Texto: Lc 1, 26-38

1. Lectura (lectio). Lo que el texto dice

Lee y relee tranquila y detenidamente este pasaje bíblico fijándote bien en todos los detalles. Descubre sus recursos literarios, las acciones, los verbos, los sujetos, el ambiente descrito, su mensaje. Tras un momento de silencio descubrimos juntos qué dice el texto.

Este episodio se sitúa en el contexto narrativo del llamado «evangelio de la infancia» (Lc 1-2). Para componer estos capítulos, Lucas utilizó ciertas técnicas y procedimientos literarios característicos de su época. A través de ellos no pretendió escribir un resumen de la vida de Jesús cuando era pequeño, sino reflejar su fe en el Resucitado que, como una luz, se proyecta también sobre su niñez.

Desde el comienzo, el pasaje hace referencia al relato anterior: «Al sexto mes…». En él se narra otro anuncio de nacimiento: el de Juan Bautista (Lc 1,5-25). En ambos Casos se utiliza una misma estructura en la que se repiten una serie de elementos característicos de este género literario llamado «esquema de anuncio»: aparición y saludo de un mensajero divino, perplejidad de quien recibe el anuncio, transmisión del mensaje celeste, objeción del interesado seguida de una explicación, aceptación final del mismo y señal ofrecida por Dios como garantía.

Presentando así las cosas, Lucas aclara la identidad del niño y cuál será su misión.

A los títulos típicamente mesiánicos, Lucas añade el de «Hijo de Dios» para aludir a su relación única con el Padre. El mismo nombre, Jesús, resulta muy elocuente, ya que significa «Dios salva». Puede resultar chocante referirse así al hijo de una mujer humilde como María, natural de un rincón perdido de Galilea, región alejada de Jerusalén, que era la sede de las grandes instituciones políticas y religiosas de Israel. La salvación de Dios no llega por los cauces esperados. Pero ya dijimos que todo ello responde a la intención teológica de Lucas. Para él es importante reconocer la auténtica identidad de Jesús desde los primeros momentos de su vida, aunque esta no se revele plenamente hasta después de la Pascua.

Por otro lado, llama la atención la importancia que el evangelista concede al Espíritu Santo.

En realidad es toda la obra de Lucas, constituida no sólo por su evangelio sino también por el libro de los Hechos, la que otorga un papel preponderante al Espíritu. La expresión que se utiliza para describir su acción sobre María recuerda a aquella que se le aplica en el Génesis a propósito de la creación (Gn 1,2). Eso significa que el nacimiento de Jesús es obra de Dios y con él comienza un tiempo nuevo en el que la humanidad será recreada. Modelo de esta humanidad nueva es la Iglesia, cuyo nacimiento en Pentecostés también es fruto del Espíritu. El mismo que movió toda la vida de Jesús (Lc 4,18) y por eso puede fortalecer a sus discípulos para que continúen su misión (Hch 1,8).

Finalmente debemos fijarnos, cómo no, en la respuesta de María, ya que es la destinataria del anuncio. De ella aclara el texto que está desposada con José, un hombre “de la estirpe de David», aludiendo de este modo a la promesa mesiánica. En su diálogo con el ángel va comprendiendo que el Señor la ha escogido, por gracia, para ser la madre del Mesías y la postura que ha de tomar ante lo que Dios le pide.

Señalamos tres actitudes que este pasaje otorga a la madre de Jesús. Primero su reacción de turbación ante el

saludo de Gabriel, luego la extrañeza ante su anuncio y los interrogantes que le suscita y, finalmente, su absoluta disponlbilidad al plan de Dios. De este modo refleja Lucas el proceso que recorre todo creyente -también nosotros-, cuando descubre lo que Dios quiere de él.

2. Meditación (meditatio). Lo que el texto me dice

Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones posibles. Es Dios mismo quien te atrae y te habla al corazón. Se trata de una “rumia” -ruminatio- que va haciendo que la Palabra vaya calando dentro, hasta quedar del todo hecha carne propia. Déjate seducir por la Palabra. Sigue sus hondos impulsos. Quédate con algún verso o frase.

Este último domingo de Adviento huele ya a Navidad y María nos enseña cuál es el mejor modo de prepararnos para celebrar esa fiesta. Antes de que la Palabra se encarnase en su seno se había ya encarnado en su corazón. Por eso supo decir «sí». Su respuesta puede ayudarnos a revisar nuestras actitudes en este tiempo en el que el Señor viene. Así tendremos preparada la cuna esta Navidad.

La encarnación del Hijo de Dios por obra del Espíritu es uno de los misterios que profesamos en el credo. ¿Cómo me ayuda a entenderlo la lectura de este pasaje?

La Virgen es modelo de esperanza porque se fió de Dios para el cual «nada hay imposible». ¿Cómo puede ayudarnos su ejemplo a vivir anclados en esta virtud?

3. Oración (oratio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.

Habla ahora a Dios. La oración es la respuesta a las sugerencias e inspiraciones, al mensaje que Dios te ha dirigido en su Palabra. Haz silencio dentro de ti y acoge las palabras de Jesús en tu corazón. Ora con sinceridad con confianza. Orar es permitir que la Palabra, acogida en el corazón, se exprese con los sentimientos que ella misma suscita: acción de gracias, alabanza, adoración, súplica, arrepentimiento… Es el momento de la celebración personal y comunitaria. Sobre todo, deja hablar a Dios nuestro Padre. Practicando estas palabras, terminarás por transformarte en El

María también es maestra de oración. Con ella y como ella le pedimos al Padre que nos prepare para recibir a su hijo Jesús.

Compartimos nuestra ORACIÓN según lo que el pasaje leído haya suscitado en cada uno.

V. El Ángel del Señor anunció a María.

R. Y concibió por obra del Espíritu Santo.

Dios te salve, María… Santa María…

V. He aquí la esclava del Señor.

R. Hágase en mí según tu palabra.

Dios te salve, María… Santa María…

V. Y el Verbo se hizo carne.

R. Y habitó entre nosotros.

Dios te salve, María… Santa María…

V. Ruega por nosotros, santa Madre de Dios.

R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Oremos:

Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el anuncio del Ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que lleguemos, por su pasión y su cruz, a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor. R. Amén.

4. Acción misionera (actio). Hágase en mi según tu palabra

Todo encuentro con el Señor de la vida, presente en su Palabra, culmina en la misión. Hay que cumplir la Palabra, para no ser condenado por ella. La Palabra, si se ha hecho con sinceridad los pasos anteriores, posee luz suficiente para iluminar nuestra vida, y fuerza para ser llevada a la práctica. El fruto esencial de la Palabra es la caridad. Deberíamos acabar pronunciando las palabras de la entrega misionera del profeta ante el Señor, que pide nuestra colaboración : “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8). María, tras escuchar la Palabra y darle su aceptación, se puso en camino (Lc 1,39).

Hágase en mí según tu palabra”, rezamos en el ángelus. ¿A qué me compromete el «sí» de María? ¿Hasta qué punto consiento, como ella, que la Palabra de Dios transforme mi vida?

¿En qué otros aspectos podemos mirarnos en ella para vivir con más radicalidad nuestro compromiso cristiano en este tiempo de Adviento?

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