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“Una voz que me dice…”

(S. A. Mª. Claret. Autobiografía 114)

PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN GRUPO

17 de Diciembre de 2017: III DOMINGO DE ADVIENTO

Disposición espiritual.

Haz silencio, exterior e interior. Invoca al Espíritu Santo con esta u otra oración: ¡Oh Señor Jesús!; te pido la alegría de comprender puramente tus palabras, inspiradas por tu Santo Espíritu. Amén.

Texto: Jn 1, 6-8.19-28

1. Lectura (lectio). Lo que el texto dice

Lee y relee tranquila y detenidamente este pasaje bíblico fijándote bien en todos los detalles. Descubre sus recursos literarios, las acciones, los verbos, los sujetos, el ambiente descrito, su mensaje. Tras un momento de silencio descubrimos juntos qué dice el texto.

El texto que hemos leído reúne dos pasajes diferentes aunque separados por pocos versículos- procedentes del cuarto evangelio-. El primero pertenece al prólogo poético (Jn 1,6-8) y el segundo, al prólogo narrativo (Jn 1,19-28). En ambos aparece la figura de Juan el Bautista y podríamos decir que el segundo desarrolla lo que se afirma en el primero. Lo veremos más claramente si observamos que los términos “testigo” y “testimonio” aparecen en ambos y “enganchan” el uno con el otro.

Todo ello se entiende en el contexto del programa trazado por el evangelista, que ha concebido su obra como una gran defensa judicial sobre Jesús y quiere presentar a Juan Bautista como el primero de los que dan testimonio a favor de él.

En el primer pasaje la presentación del Bautista como testigo corre a cargo del mismo evangelista. Aunque “enviado por Dios”, Juan es sólo “un hombre”. Y si bien “no era la luz”, se le encargó la misión de ser “testigo de la luz”, preparando así la encarnación de la Palabra. Muchos estudiosos han dicho que, con este modo de hablar, el evangelista quiere poner las cosas en su sitio y zanjar la polémica con los discípulos del Bautista, que reclamaban la superioridad de su maestro con respecto a Jesús.

En el segundo pasaje es Juan mismo quien se presenta y explica el contenido de su testimonio. La ocasión se la brinda el interrogatorio al que lo somete una comisión de sacerdotes y levitas, algunos de ellos fariseos, enviados por las autoridades religiosas de Jerusalén. A primera vista desean saber quién es, pero para comprender su intención tenemos que fijarnos en las preguntas que le hacen.

El hecho de que Juan bautizase podría dar a entender que él era el Mesías esperado por Israel, o Elias redivivo que, según la mentalidad popular, aparecería como precursor del mismo, o el profeta prometido por Dios a Moisés (Dt 18,15-20). Las respuestas del Bautista a las preguntas que le formulan los sacerdotes y levitas enviados para saber sus intenciones son todas ellas negativas. De este modo se perfila aún más su identidad con respecto a la de Jesús y se descartan ciertas maneras de concebir su misión que podían haber sido defendidas históricamente por sus discípulos.

Finalmente el Bautista se identifica. Después de dejar claro lo que no es, y respondiendo a la insistencia de los interrogadores, declara abiertamente lo que es.

Echando mano de las palabras del profeta Isaías ya que encontramos la semana pasada en el evangelio de Marcos, Juan se define a sí mismo como “la voz que clama en el desierto”.

Juan está apuntando hacia Jesús, que su misión está en función de él. Si volvemos a leer los primeros versículos del evangelio de hoy lo veremos aún más claramente. Las últimas palabras del Bautista insisten en ello. El hecho de que Jesús venga “detrás” de él no significa que sea “menor” que él. Al contrario, la alusión a su bautismo con agua y a la indignidad para desatar la correa de sus sandalias ponen de relieve que de ningun modo desea suplantarlo.

2. Meditación (meditatio). Lo que el texto me dice

Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones posibles. Es Dios mismo quien te atrae y te habla al corazón. Se trata de una “rumia” -ruminatio- que va haciendo que la Palabra vaya calando dentro, hasta quedar del todo hecha carne propia. Déjate seducir por la Palabra. Sigue sus hondos impulsos. Quédate con algún verso o frase.

Juan Bautista se presenta a sí mismo como el que da testimonio de Jesús, reconociendo humildemente su propia limitación: él no es la luz, no es el Mesías, no es Elías, no es el Profeta. No es la Palabra. Es sólo una “voz” que clama. Conoce sus carencias y sabe que sólo Jesús puede llenarlas. Por eso es una figura tan importante en el Adviento. Y puede ayudarnos a vivir este tiempo de espera ahondando nuestro deseo de que el Señor se haga presente en medio de nosotros.

“En medio de vosotros hay uno al que no conoceis” ¿Cómo deberíamos aprovechar este tiempo de Adviento para conocer mejor a Jesús y relacionarnos con él de un modo más personal y cercano?

El Adviento es tiempo de esperanza, tiempo de alegría. ¿Qué elementos del pasaje que hemos leído te ayudan más en este sentido?

3. Oración (oratio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.

Habla ahora a Dios. La oración es la respuesta a las sugerencias e inspiraciones, al mensaje que Dios te ha dirigido en su Palabra. Haz silencio dentro de ti y acoge las palabras de Jesús en tu corazón. Ora con sinceridad con confianza. Orar es permitir que la Palabra, acogida en el corazón, se exprese con los sentimientos que ella misma suscita: acción de gracias, alabanza, adoración, súplica, arrepentimiento… Es el momento de la celebración personal y comunitaria. Sobre todo, deja hablar a Dios nuestro Padre. Practicando estas palabras, terminarás por transformarte en El

El Adviento ha de vivirse en clima de oración porque lo que esperamos sólo puede ser pedido humildemente y recibido como un don.

ORACIÓN compartida

Cantamos (rezamos) juntos: Vamos a preparar.

Vamos a preparar

el camino del Señor,

vamos a construir

la ciudad de nuestro Dios.

Vendrá el Señor con la aurora,

él brillará en la mañana,

pregonará la verdad.

Vendrá el Señor con su fuerza,

él romperá las cadenas,

él nos dará la libertad.

Él estará a nuestro lado,

él guiará nuestros pasos,

él nos dará la libertad.

Nos limpiará del pecado,

ya no seremos esclavos,

él nos dará la salvación.

Vamos a preparar…

Visitará nuestra casa,

nos llenará de esperanza,

él nos dará la libertad.

Compartirá nuestros cantos,

todos seremos hermanos,

él nos dará la salvación.

Vamos a preparar…

4. Acción misionera (actio). Hágase en mi según tu palabra

Todo encuentro con el Señor de la vida, presente en su Palabra, culmina en la misión. Hay que cumplir la Palabra, para no ser condenado por ella. La Palabra, si se ha hecho con sinceridad los pasos anteriores, posee luz suficiente para iluminar nuestra vida, y fuerza para ser llevada a la práctica. El fruto esencial de la Palabra es la caridad. Deberíamos acabar pronunciando las palabras de la entrega misionera del profeta ante el Señor, que pide nuestra colaboración : “Aquí estoy, envíame” (Is 6,8). María, tras escuchar la Palabra y darle su aceptación, se puso en camino (Lc 1,39).

Juan Bautista dio testimonio “a fin de que todos creyeran por él”. ¿Cómo me siento interpelado por la palabra de Juan el Bautista? ¿Qué clase de testimonio puede hacer que lo que anunciamos sea aceptado por quienes nos rodean? “.

Juan vino “para dar testimonio de la luz”¿Qué significa hoy, para mí ser “testigo de la luz”? ¿Qué situaciones de oscuridad me gustaría iluminar y cómo podría hacerlo?

 

 

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