Volvemos a una imagen belicista, pero como siempre, en nuestro caso, para hablar de la “revolución del amor”. No nos extrañemos de estas imágenes, la misma Escritura compara la Palabra de Dios con una espada de doble filo (cf. Heb 4,12), Claret la compara con una saeta, y ahora la compara con una bala (cf. Aut. 439). La Palabra de Dios tiene la cualidad de penetrar y traspasar el corazón.

                Pero para que pueda tener este efecto tiene que ser movida por el amor a Dios y al prójimo. Este amor lo compara con la pólvora o fuego de un fusil. Veamos el pasaje que no tiene desperdicio: “Hace el amor en el que predica la divina palabra como el fuego en un fusil. Si un hombre tirara una bala con los dedos, bien poca mella haría; pero, si esta misma bala la tira rempujada con el fuego de la pólvora, mata. Así es la divina palabra. Si se dice naturalmente, bien poco hace, pero, si se dice por un Sacerdote lleno de fuego de caridad, de amor de Dios y del prójimo, herirá vicios, matará pecados, convertirá a los pecadores, obrará prodigios” (Aut. 439).

                El amor a Dios es la virtud más importante para todo el mundo, y de una manera muy particular para todo agente evangelizador, que es todo bautizado que se precie de serlo. Cuentan que a San Juan de Ávila le preguntó en una ocasión un joven sacerdote qué es lo que debía hacer para ser un buen predicador, contestándole el Santo: “Amar mucho” (cf. Aut. 440). Así es, sin amor somos como “un metal que resuena o un címbalo que aturde” (1Co 13,1).

                ¿Y cómo alcanzar este amor a Dios y al prójimo?

                Por el “deseo”. Tenemos que aprender a desear lo importante y nuclear de la vida, en lugar de quedarnos en la corteza y superficialidad de la misma. Cuando se desea ardientemente, Dios concede el don de amarle, desvelándonos con nitidez los dos más importantes acontecimientos de su amor:

                La Creación: Dios se ha dado dándonos la existencia. Una existencia limitada, por la que experimentamos nuestras carencias, que nos hacen necesitados de los demás; pero también una existencia con grandes posibilidades, que nos hacen necesitados por los demás. Una mirada contemplativa ve el amor de Dios en cada situación, acontecimiento, persona… Cuando algo nos gusta nos interesamos y preguntamos quién lo ha hecho, y, sin embargo, hoy son muchos los que ante la belleza de la naturaleza, de una puesta de sol, de unas gotas de rocío… no se preguntan Quién lo ha hecho.

                Y por encima de todo, el amor de Dios se manifiesta en que nos ha dado a su Hijo Jesucristo (cf. 1Jn 4,9). No podemos ignorar esta verdad que anuncia el mismo Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Si Abraham no llegó a consumar el sacrificio de su único hijo (cf. Gn 22,1-19), el Padre celestial si ha consumado el sacrificio de su Hijo único para que no tengamos dudas de su amor.

                Tenemos que reconocer el amor de Dios para que nosotros podamos hablar, predicar y actuar con el fuego ardiente del amor que impulsa la Palabra y poder herir el corazón de los hombres de nuestro mundo.

 

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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