La nueva imagen nos mantiene en el capítulo de la mansedumbre. Dice Claret: “No hay virtud que atraiga tanto como la mansedumbre. Pasa lo mismo que en un estanque de peces, que, si, se les tira pan, todos vienen a la orilla, sin miedo ninguno se acercan a los pies: pero, si en lugar de pan se les tira una piedra, todos se huyen y se esconden. Así son los hombres. Si se les trata con mansedumbre, todos se presentan, todos vienen y asisten a los sermones y al confesonario; pero si se les trata con aspereza, se incomodan, no asisten y se quedan allá murmurando del ministro del Señor”.Esta imagen como experiencia humana haría las delicias en una catequesis de niños, pues no puede ser más plástica y sencilla, ¿quién no ha visto alguna vez la escena?

                Dos importantes razones avalan la virtud de la mansedumbre para ser vivida por cualquier persona que se tome en serio su compromiso evangelizador:

                La primera, para atraer a la gente y que no se alejen. Sucede en la pastoral, pero también es una ley básica en cualquier tipo de relaciones interpersonales. Lo que más daño hace a la Iglesia es la falta de acogida y de cercanía por un temperamento agrio y hosco de sus fieles. El mismo Claret relata que en cierta ocasión mientras confesaba en una capilla había otro sacerdote confesando muy iracundo y de muy mal genio, que no hacía más que regañar; los penitentes quedaban cortados y confundidos y ante la sensación de haber hecho una mala confesión se volvían a confesar con él (cf. Aut. 377). Jesús, por el contrario, atraía hacia sí a pecadores, publicanos y marginados. La mujer pecadora de la casa de Simón el fariseo (cf. Lc 7,36-50), la samaritana (cf. Jn 4,1-45) y el ciego de Jericó (cf. Mc 10,46-52), entre tantos otros, hallan en el “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29) su descanso. Él es el que regaña a los hijos de Zebedeo que quieren mandar fuego del cielo que arrase a una aldea de Samaría que no quiere recibir a Jesús (cf. Lc 9,51-56), el que dice “¡basta!” a la defensa armada que hacen sus discípulos ante los que vienen a por Él al huerto de los olivos (cf. Lc 22,47-53).

                La segunda razón es porque nos da la libertad necesaria para defender coherentemente el mensaje de Jesucristo. Hoy son muchos los cristianos que tienen miedo a defender la Verdad en un mundo hostil, e incluso a manifestar su identidad en un ambiente secularizado. La secularización nos ha “evangelizado” hasta el punto de vernos como miembros de una especie rara en camino de extinción, y pasamos de incógnito. ¡Esto no es mansedumbre! Es un falso irenismo, pues no nos destacamos por miedo al rechazo, que en el fondo es un miedo a la soledad.

                Hay mansedumbres naturales, pero la mansedumbre del cristiano, ¡la nuestra!, es la virtud acendrada por la intimidad con Cristo y María, en la escucha frecuente de la Palabra de Dios y la oración continua, que nos lleva moderar la ira, alcanzar la templanza y saberse vencer en nuestros impulsos más agresivos. En definitiva, la mansedumbre es lograr vivir interiormente con paz y serenidad ante una dificultad o contrariedad.

                Esto es ganar en calidad de vida. ¡No perdamos tiempo!

 

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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