Hijos he criado y educado, y ellos se han rebelado contra mí. El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende” (Is 1,2-3). Este oráculo del Señor en boca del profeta Isaías inspiró el primer Belén de la historia de manos de San Francisco de Asís en la Nochebuena del año 1223 en Greccio (Italia). Desde entonces no puede faltar entre las piezas de un buen belenista la mula y el buey. Son los animales humildes que acompañan por tradición a la Sagrada Familia en Belén.

                Los versos profetizan un virus que será inoculado en la humanidad y que diagnostica el cuarto evangelista: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11), es el virus del rechazo y la incomprensión. De esta manera, la Escritura nos previene de tal maligno virus y, a su vez, nos ofrece el antídoto para liberarnos de él: la pobreza y humildad de corazón. En este punto es significativo recordar como la anunciación del nacimiento de Juan a una familia de casta sacerdotal en el Templo de Jerusalén contrasta con la anunciación del nacimiento de Jesús a una familia de humildes artesanos en Nazaret (cf. Lc 1,5-38); la unión de ambas escenas deja bien claro dónde y cómo quiere Encarnarse Dios. Y al igual que entonces, hoy sigue encarnándose en los pobres de corazón.

                El borrico de Belén inspiró a Claret la vivencia de estas virtudes de apertura a la gracia de Dios (cf. Aut 666-669). La experiencia de nuestro Santo me recuerda la conversación que tuve hace años con un hombre de Dios que me decía con gran sencillez “le pido diariamente a Dios que quiero ser el borrico que lleve a Jesús de un sitio a otro”; pocas veces he quedado tan sobrecogido por unas palabras tan sencillas y, a su vez, tan profundas.

                Las palabras “burro” y “acémila”, de connotaciones negativas por la estrechez de mente, cobran en nuestro contexto una elevada dignidad, la de todo hijo de Dios que acepta su sumisión a Dios. No envidio el boato de los camellos de los reyes de Madian (cf. Jue 8,26) y sí la sabiduría de la burra de Balaán que conocía la voluntad de Dios (cf. Num 22,22-35); no deja de tener su ironía que el más torpe de los animales sea más clarividente en las cosas de Dios que su mismo dueño y profeta. Si hay que ser torpe para acertar en la voluntad de Dios, ¡bendita sea la torpeza!, pues no seremos nunca juzgados por nuestros erróneos cálculos matemáticos, y sí por la medida que hayamos dado en el amor, que es “amar sin medida”.

                Esta imagen de Claret nos predispone para acoger pobre y dócilmente el misterio de la Navidad. ¡Vivamos con la alegría de un corazón sencillo estos días de Navidad! Y recuerda que la alegría no te la da el consumo, sino la FRATERNIDAD.

                ¡Feliz Navidad!

 

Juan Antonio Lamarca, cmf.

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